miércoles, 20 de junio de 2012

El metadiscurso en Intramuros, de R. M. BOUISSEF.







El metadiscurso en  Intramuros, 
de R. M. BOUISSEF.





  

Publicado el 12/04/2000.

 

PREÁMBULO

Según Barthes (1966) la función de un relato no consiste en representar una posible realidad sino constituir un espectáculo textual cada vez más enigmático y entrañable.

Esta definición corresponde a los posibles narrativos que nos presenta el autor en «Intramuros». Título enigmático porque como enunciado metafórico y metonímico remite inexorablemente al cuerpo del texto al que da sentido. Por asociación de ideas emerge la imagen del laberinto en que están atrapados no solo los personajes sino también el autor y sus lectores, cosa que demostraré a continuación. Pero antes ¿qué se entiende por "posibles narrativos"?

Todos sabemos cómo viene elaborada la forma tradicional de una novela: un conjunto de secuencias diferenciadas, separadas en capítulos y divididas grosso modo en cinco recurridos: situación inicial o 'búsqueda del objeto valorado’, intriga, situación de equilibrio-desequilibrio y desenlace feliz o no.

Tal no es el caso en "Intramuros”: las secuencias vienen perturbadas por digresiones y engarces problemáticos; los personajes sufren transformaciones según estemos en el plano de la narración, del relato y de la significación; tiempo y espacio son cada vez re-inscritos por los propios personajes e interpretados por el lector a su manera. Incluso la temática principal de la novela (el adulterio y sus consecuencias) repercute curiosamente en la estructura lingüística tanto a nivel semiótico como semántico.

 

1. EL PRÓLOGO

El prólogo de la novela es problemático porque encierra a la vez la realidad desde la que escribe el autor (cita obras publicadas) y la ficción en que aparece el narrador implícito (lo pensé y me dije que sería bueno seguir en la aldea) y explícito (Siru como fuente directa de una gran parte de la narración). Si el tono autobiográfico es a la vez ficticio y real es porque el autor verdadero quiere implicar e involucrar al lector en su propia tarea narrativa. Este método, aunque remite a la teoría literaria postmoderna de la última década, se inspira directamente en El Quijote donde, como se sabe, Cervantes se inmiscuye entre sus personajes para realizar dos efectos: transformarse en ficción y transformar a Don Quijote en realidad.

 

2. EL LECTOR-NARRADOR

Así lo defino porque el texto arranca utilizando la segunda personal (tú) y el presente de indicativo, en vez de la 3. ª persona y del pretérito, como suele ocurrir en las novelas tradicionales. Así, el lector tiene la impresión no de leer un relato cuya acción se desarrolla en un remoto pasado que no le concierne (o del que no quiere acordarse), sino de vivir personalmente esa acción. El presente de indicativo indica que la acción se hace hic et nunc, es decir, coincide con el proceso de lectura del lector; en cuanto a la segunda personal (tú), obliga a este a tomar parte en el relato. El subterfugio es original:

 

/Sientes que todo lo que te pones está mojado / Esto te recuerda que el vaho te molesta la visión /Una mujer te pide que la lleves a... Piensas en la forma en la que tienes que ligar con ella /Te gusta la cosa y te paras  /Ella te mira y sonríe:  te propone una cita.../

 

El autor utiliza dos mecanismos discursivos de la filosofía del lenguaje (Cf. Austin, Cuando decir es hacer): las funciones conativa e ilocutoria que consisten en enfocar el mensaje en el lector, transformado en interlocutor. Estamos aquí lejos de la novela tradicional con sus trucos ya obsoletos: el "yo" autobiográfico y su subjetividad, la 3. ª persona y su verosimilitud. Estos dos pronombres personales se transmutan en "tú" para anular esa distancia que separa la diégesis del lector. Al hacerle partícipe y al delegarle la voz narrativa, Bouissef establece, lo quiera o no, un precedente teórico de gran importancia para nuestra literatura escrita en español.

Al mismo tiempo, el lector experimenta más adelante una gran sorpresa porque ocurre algo inesperado a partir de la página 15: el lector-narrador se ve despojado de su narración y de su propia existencia y, en su lugar, como en un cortocircuito, se abre el texto esta vez gracias a la voz de un narrador omnisciente y extradiegético. No sabemos cómo sufre el relato esta metamorfosis. Parece que se establecen las cosas como suele ocurrir en una novela tradicional: pretéritos imperfecto e indefinido, tercera persona, acontecimientos remotos: se pasa pues del discurso al relato propiamente dicho, haciéndose así posible la alternación de los estilos directo, indirecto e indirecto libre y la ubicación de las instancias narrativas (tiempo, espacio, personajes) en la aldea, donde pronto se constituirá el escenario de la tragedia, desencadenada por el adulterio que viven Kabir y Habiba. El relato desarrolla pues dos dimensiones narrativas: la primera, la del lector-narrador, sirve de fuente y de archivo al relato; la segunda, de mimesis, pero que atañe al propio relato y no a una realidad extralingüística. A partir de la página 21, sin embargo, aparece otra sorpresa porque se invierten otra vez los signos y reaparece el lector-narrador para hacer orden en el relato: indagar por su propia cuenta, recoger datos, corroborar o rechazar hechos narrados por "Siru" y comentados por el narrador omnisciente, articular, por fin, los diferentes niveles de la narración. Lo curioso del caso es que: al mismo tiempo que escribe su "libro", participa en él, es decir, se encuentra con sus propios personajes. Este artefacto nos recuerda a Pirandello y su obra: Seis Personajes en Busca de un Autor.

 

3. EL LIBRO COMO LABERINTO

A estos narradores se les añade otras voces que vienen a complicar el relato:

 

- "Los microrrelatos”: /se te viene a la memoria, p. 14; recuerdas lo de Abul Alaa El-Maari, p. 24; recordó que en ese café, p. 62; un amigo mío no consiguió que su mujer quedara encinta;  p. 63; y le contó todo lo referente a Fatiha y Farid, p. 65; recuerdas que cuando fuiste al banco, p. 102; contaba anécdotas muy raras, p. 126. /

- Los comentarios de los propios personajes inscritos en cursiva y  paralelamente a las  secuencias narrativas del relato. Tienen como función elaborar monólogos y soliloquios que quebranta el desarrollo del relato. Por su sesgo, se elabora otro relato subterráneo donde se critica, se enjuicia, se reivindica, se odia, se aprecia, se revelan secretos sucios, de recelo y odio: /Habiba odia a su Shrika porque Si Kaddur (marido de las dos) le ofrece oro/. Se justifica así el adulterio que se eterniza con Kabir. Este percibe la relación viciosa que une Fatiha a sus "verdugos" pero sabe que  por perder su virginidad, se casará con él. Habiba no sabe que alguien la espía cuando se acuesta alternativamente con Si Kaddur y Kabir.

 

Sería largo hablar de cada situación. La metáfora «Intramuros» traduce perfectamente este mundo oscuro de conflictos  existenciales y vicios sexuales.

- La cinta grabadora sirve de reconstrucción y grabación de la historia  narrada por Siru y otros narradores: El lector-narrador verifica los hechos al recomponerlos y verificarlos en la realidad. Así, los hechos reales son suscitados por las acotaciones del Corán, por la década de los años 70, la muerte de Franco, La Marcha Verde y ciertas marcas autobiográficas muy relevantes.

Con todo esto se pone de manifiesto el problema fundamental de la novela, su narración polifónica: escribir un libro de esta índole es problemático.

 

/”Ya ves, dice el lector-narrador, estoy liado con mi último libro y no quiero hacer otra cosa hasta terminar unas cosillas que me quedan por aclarar.” (p .87)

 

Esta problemática es llevada a sus extremos cuando el relato empieza a escapársele de las manos al lector-narrador. Comienza entonces la narrativización de otros personajes incluido el lector-narrador que, por falta del relato principal elabora su propia vida sentimental y conyugal con Turía: nacen los hijos adúlteros y los delata una deformación física común que precipita la acción hacia un desenlace fatídico: Munir pierde la vista y Aicha es violada y con la muerte de Siru se pierden los hilos de la narración. Hay un momento de alta inquietud e insoportable desasosiego cuando se reactiva la narración principal con la aparición del personaje Yusef Mehdati, propietario de la casa secreta donde consumían su adulterio Habiba y Kabir. Paralelamente, Mehdati conoce a Kabir bajo el nombre de Abdelkader Mtalsi, marido de Habiba. Ambos no saben que su encuentro es inminente en casa de Si Kaddur, verdadero marido de Habiba. Es el propio hijo adúltero, Munir, quien invita a Mehdati, petición de mano obliga. El enredo está en su paroxismo.

 

4. El METADISCURSO

Como se ve, los personajes evolucionan no para representar miméticamente una supuesta realidad sino para alcanzar una dimensión antropológica que plantea problemas vitales en literatura. Más que palabras, estamos en presencia de voces que claman actos de comunión con el lector. Las voces suplantan a las cosas y a las palabras para hacerse actos rebeldes concretos y tangibles.

De la ficción se pasa a la realidad y vice versa.

Muere Siru pero su voz queda grabada en la cinta. La novela es metafóricamente comparada a la cinta y a la voz. Y quien dice voz, dice cuerpo. El cuerpo textual (sexual) de Intramuros es elaborado según tres mecanismos estructurales:

- Estético: los diferentes niveles narrativos que hemos destacado invitan a una lectura como puro placer de texto. Para lograrlo, Bouissef viola la lengua española (acotaciones coránicas y términos árabes), crea isotopías diferentes del tema principal que es el adulterio y deja abierto el relato cuando al final describe a Aicha en Rabat contando su propia versión de los hechos a su pretendiente mientras que Abdelhay la espía y la codicia para urdir otras acciones.

- Simbólico: la aldea es el espacio tabú y Tetuán el espacio donde  todo se permite. Lo  prohibido y lo permitido.  Junto al adulterio que sirve de motor al relato, leemos una serie de temas etnográficos que remiten a supersticiones, fantasmas y ritos que complican la vida normal de la gente. Podemos decir, sin equivocarnos, que la función simbólica en Intramuros es el vector del sentido y la clave esencial de toda la lectura del relato y por ello necesita un estudio semiótico y semántico aparte.

- Ideológico: es obvio que no todo es ficticio en una novela.

El referente social nos es presentado como una ficción pero está trabajado por campos semánticos dominados por una isotopía principal, la de la pasión, una pasión mórbida y fatal. El sexo es el eje que mueve los hilos de las relaciones sociales. Y el objeto valorado no siempre es conseguido. De allí el delirio  -y el “fantasma”-  (del francés phantasme y no fantôme). El adulterio es aquí un principal agente perturbador (un síntoma) del orden social, un orden social condenado por ello a reformarse. El cuerpo de Habiba (el de Aicha y Fatiha) es el cuerpo social herido y enfermo pero también verbal del relato. Hay un momento muy importante en la novela. Es cuando Kabir razona y decide parar la máquina del adulterio pese al chantaje de su amante. Es aquí donde se lee el metadiscurso. El texto, como el sexo, es fundamentalmente adúltero. Inter- sexo- textualidad: En lugar de una lección moral, el autor nos ofrece en definitiva un acto de libertad. Eso es: el lenguaje literario constituye una liberación y su única intención es restaurar y reconstituir nuestro propio Yo quebrantado.

 

CONCLUSIÓN

El tema de la verdad se plantea de forma persistente en la página 35 y sig.

No obstante se trata exclusivamente de la verdad DE la novela y no EN la novela. Ello significa que si la verdad en la novela remite a lo que se llamó "ilusión realista", la verdad de la novela (donde innova el autor) nos convence de una cosa esencial: a través de la mirada etnográfica del autor, se abre al lector un campo de análisis fecundo y fértil.


martes, 12 de junio de 2012

CARNAVAL DE SERPIENTES




CARNAVAL DE SERPIENTES


SINOPSIS
En Carnaval de serpientes se narra un ataque inexplicable de serpientes cuya mordedura tiñe de pavor un poblado del Rif. Aquí la muerte protagoniza sus tramas y acciones más sórdidas. Y las serpientes, como Los Pájaros de Hitchcock, también tienen derecho al carnaval criminal.





Cuando aplastó con un golpe de palo la enorme cabeza del reptil, pensó que aquello era solo un incidente aislado. Pero cuando extendió le mano para recoger el saco de patatas y volver a casa, vio horrorizado un grupo de otros reptiles acercarse y comprendió fugazmente que una larga pesadilla había empezado. No tuvo tiempo de retirar el brazo: dos ardientes y largos colmillos le perforaron las venas de la mano y otros dos colmillos se le hundieron en la pantorrilla izquierda, mientras que una tercera serpiente le atacó repetidas veces por la espalda. El dolor no tardó en aterrarle. Su estómago ardió como incandescente carbón y sintió el veneno corrosivo filtrársele en la corriente sanguínea y quemarle las venas del corazón. Su cara se contrajo de dolor y cayó al suelo, donde se quedó inmovilizado.

 

Otras serpientes enfilaron la senda que atravesaba un largo recorrido rodeando el lago, ahora seco, para desembocar en la aldea más próxima.

Hacía tiempo que no había llovido. La atmósfera era asfixiante y el cielo desapacible. Los pocos árboles que se erguían por el camino parecían unos esqueletos que la sequía de agosto amenazaba por incendiar.

 

Aquella situación de sequía y hambre había comenzado hacía meses. La gente comenzaba a quedarse sin comida ni agua. Tampoco podían alimentar al ganado, por lo que han echado al campo a sus animales con la esperanza de que sobrevivan. Los termómetros registraron temperaturas muy por encima de los 45 grados centígrados que causaron  bajas considerables en la ganadería y la agricultura. En las partes más desérticas empezaron a formarse cementerios al aire libre donde algunos cadáveres de vacas y chivos se fueron acumulando.

El problema era tan grave que hasta las plantas endémicas de la región rifeña, empezaron a consumirse y secarse.

La distancia que separa  algunas aldeas del municipio más cercano superaba los 100 kilómetros, lo que complicó la tarea de proveer a los habitantes de agua potable y de los alimentos que la sequía les arrebató. El protectorado español, junto con la mala gestión del gobierno, dejó en esta parte del mundo solo desolación, desamparo y tristeza.

Algunos habían ya abandonado sus tierras y emigraron a la ciudad. Muchos a Europa. Ahora, lo único que se observaba eran las grandes nubes de polvo que envolvían el campo.

Cerca de un arroyo casi seco un grupo de campesinos comentaba la situación, intentando hallar una explicación lógica a esta catástrofe natural duradera.

 

—Maldición diabólica  —declaró uno con desabrimiento.

—Castigo divino —explicó otro con displicencia en la voz.

Un tercero elevó el tono y masculló con adustez:

—Estamos expiando nuestra complicidad por callarnos sobre las atrocidades perpetradas aquí por Si Ayub.

 

Un vagabundo llegó en ese preciso momento, muerto de sed y de hambre. Pidió pan y agua y, al no entender lo de las “atrocidades”, preguntó con recelo:

—¿No sé cómo puede un solo hombre contra todos causar tanta sequía y tanta miseria en el pueblo?

—Se trata de un malvado terrateniente, tirano y sádico —explicó con insipidez un viejo enfermizo casi agonizando. Tosió desgarrada y estrepitosamente, luego añadió dolorido—:  aprovecha esta situación para dar rienda suelta a sus instintos más viles. Explotaba sexualmente a los jóvenes de ambos sexos, a cambio de comida y dinero. Las familias no tenemos más remedio que ceder y callarnos. Le traen hasta menores. Algunos cuentan que hasta se dedica a la trata de blancas con las mafias de Tánger.

 

—¡Están los que nos gobiernan! ¡Que no levantan ni un dedo respecto a esto! —observó uno, asqueado e irritado—. Y no hacen nada para esta pobre región abandona de todos. Estamos aislados desde tiempos remotos, sin carreteras, sin electricidad ni agua, sin colegios. Sin seguridad. Sin sanidad. Sin sanitarios.  ¡Solo mezquitas! ¡Ni podemos emigrar! ¡Qué vida es esta! Nos queda el suicidio como solución suprema. Y es lo que nos está ocurriendo…

 

—Abdesamad tiene razón —masculló con destemplanza el más viejo del corro. En su voz  había rencor y odio—: ¿por qué no nos mandan pan, aceite y azúcar en vez de ametrallarnos a diario con discursos políticos sobre el optimismo y el civismo? El imam ya no nos convence con eso de que los parlamentarios están defendiendo nuestras reivindicaciones. Miente. Porque todos sabemos que, tras terminar sus prédicas, se dirige ansiosa y discretamente a casa de Si Ayub donde comparte con él las delicias terrenales…Y nosotros aquí condenados doblemente al infierno.

 

Se quedaron todos atónitos ante esta noticia, mirando al viejo. ¡Era verdad!

 

—¡Esta especie de verdugos pecadores son los que ensucian nuestra religión! —intervino un adolescente, barbudo y calvo—. ¡Ojalá desaparezcan estos microbios de la faz de la tierra! Hermanos, no tenemos más remedio que ponernos en manos de Dios y esperar que las condiciones climatológicas mejoren. Recemos todos, elevemos nuestras manos al cielo e imploremos a Dios Todopoderoso que tenga piedad de nosotros y nos dé agua y pan  —concluyó, lloriqueando y canturreando algunos versículos.

 

En ese momento, como respuesta celeste, llegó un aldeano conocido de ellos, excitado y gesticulando como un loco:

 

—¡Salamu Alaikum! ¡Felicitémonos, hermanos! —declaró eufórico y con los ojos chispeantes—. Traigo buenas noticias: el malvado y sádico Si Ayub acaba de ser estrangulado y despedazado por una enorme serpiente, según me ha dicho esta mañana mi tío. Su cadáver, junto al del imam de nuestra aldea,  es ahora presa de los buitres y coyotes. Hemos vengado el honor salpicado de nuestras niñas. Dios castiga a los malvados aquí y en el más allá. ¡Dios es el más Grande!

 

Las narraciones de dolencia de los aldeanos  seguían su curso.

Estaban tan  enfrascados en lo que se contaba que no advertían lo que se avecinaba en silencio.

Tampoco podían verlo alzando la mirada porque estaban sentados en el despeñadero del río: una caterva de enormes reptiles les olían la sangre de muy cerca, prestos a lanzarse al barranco y reducirlos en trizas.

 

Lejos de allí, en la aldea del campesino cuyo cadáver yacía ahora frío y cargado de veneno, las tres únicas viviendas estaban distanciadas por algunos centenares de metros y bastaba media hora para ir de una a otra. Eran de una planta, de barro blanqueado y construidas alrededor de un inmenso patio que servía a la vez para perforar un pozo, permitir a los niños jugar y a las mujeres cocinar. De las seis o siete habitaciones rudimentariamente amuebladas que circundaban el patio, una estaba destinada para los animales domésticos.

 

—Mamá, ¿no crees que papá ha tardado bastante para el almuerzo?  —preguntó la menor de las seis hijas del campesino fulminado por las serpientes.

—Aisha, cosechar patatas requiere mucho tiempo. Así que tardará un poco más. Mientras tanto, os voy a preparar una tortilla de huevos. Ve a llamar a Salwa y a Fuad.

 

Salwa, la hermana mayor, estaba en la pequeña habitación que servía de ocio y se disponía a vestirse tras hacer sus abluciones para rezar, cuando vio al reptil en un rincón de la sala. Era una víbora enorme, con la cabeza en forma de un triángulo aplastado. Empezó a erguirse con soltura, mostrando sus colmillos en forma de unos ganchos, dispuesta a triturar a su presa. La joven se quedó estupefacta un momento y luego visualizó la situación: el monstruo había penetrado por la pequeña ventana pero se hallaba afortunadamente al otro lado de la puerta. Gritar solo empeoraría la situación. Extendió cautelosamente la mano hacia su ropa colgada a un clavo para echarla sobre la bestia, saltar hacia la puerta y salvarse. Al mismo tiempo que extendía el brazo con coraje, la víbora se abalanzó sobre ella, alcanzándola en la nuca, donde le clavó los colmillos. Sus manos se crisparon sobre el cuerpo pedregoso del animal e intentó liberarse de la mordedura. Pero sintió su yugular encenderse en un fuego tan abrasador que le provocó literalmente un vuelco en el corazón y su cuerpo desnudo cayó de bruces como si hubiese recibido una descarga eléctrica.

 

De la habitación que servía de establo salieron unos mugidos inhumanos.

 

A Aisha le pareció reconocer la voz de Fuad, su hermano mayor. Se acercó, abrió la puerta  vio la serpiente enrollada al cuello de su hermano. Le estaba succionando la sangre. Aisha retrocedió, aterrorizada, tropezó con una piedra y cayó al suelo. Fue entonces cuando vio a Salwa con la cara desgarrada. La visión le golpeó la retina con toda crudeza. Se echó abruptamente atrás, se levantó con dificultad y corrió como una loca a avisar a su madre. Esta le ordenó ir a buscar a su padre y franqueó el umbral, armada con un hacha. La escena le produjo náusea y hormigueos en todo su cuerpo: el cadáver de su hijo yacía encogido, los ojos desenfocados y la mirada fija. Las únicas dos vacas que poseían yacían también sin vida. Intentó localizar a los malditos reptiles. Mas, ni rastro había de ellos. Al menos en su campo de visión. Se arrastró como un autómata hacia el cadáver de su hijo. Se arrodilló para cerrarle los ojos. Oró. Iba a enderezarse cuando oyó en su espalda un ruido peculiar. Reconoció horrorizada el ruido ensordecedor de cascabel que producían las serpientes con la punta de su cola, antes de atacar a su presa. Empuñó el hacha, giró sobre sus talones para asestar el golpe salvador, pero no encontró al animal en su punto de mira. Este, como si leyera el pensamiento de su víctima, había cambiado de sitio, girando hacia la derecha. La mujer sintió súbitamente los mortales colmillos hundirse en su pantorrilla izquierda. Lanzó un alarido desgarrador de dolor, se sacudió convulsivamente y cayó sin vida, junto al cadáver de su hijo.

 

En su camino hacia la casa de su prima Yasmín, donde estaban los demás hermanos, Aisha topó con varios cadáveres (le horrorizó reconocer a los padres de Abdelali) que la impulsaron a correr como una loca pero al descubrir  el de su padre se le heló la sangre en el corazón y se desmayó al ver a dos gigantescas serpientes dirigirse hacia ella.

 

Mientras tanto, en la tercera vivienda, la de Abdelali, el emigrante que había vuelto al país para pasar sus vacaciones, los acontecimientos traspasaron la barrera de la ¬pesadilla. Estaba almorzando él, su mujer, sus cuatro hijos y su hermana, Hanán, la futura novia de Fuad.

Sus padres habían ido al zoco más próximo y no volverían hasta la puesta del sol. El pobre ignoraba lo que les había ocurrido.

Era la hora de la siesta. Hanán se dirigió a su habitación y la pareja entró en la suya y se desnudaron para hacer el amor. Era una habitación acogedora y fresca en comparación con el infierno que hacía fuera, donde el sol achicharraba el campo y sembraba la desolación. Oyeron al perro ladrar y a las gallinas cacarear pero no podían saber que era a causa de las mordeduras mortales de las serpientes. Apenas se habían desnudado cuando tuvieron la impresión de que un intruso horripilante los estaba observando. La serpiente tenía unas proporciones que bastaban para estrangular simultáneamente a tres personas, triturarlas y luego engullirlas.

La mujer se llevó la mano a la boca para reprimir un grito y le costó ver cómo una serpiente podía ser tan gruesa, larga y erguirse con tanta facilidad. El hombre se sirvió de una silla para defenderse. Pero el monstruo se arrastró jadeando hacia el matrimonio, asestó abruptamente un tremendo golpe con su cola a la silla, que redujo en trizas y se enrolló alrededor del cuello del emigrante, estrangulándole al acto. Su mujer retrocedió y se vio acorralada en un rincón de la habitación. Vio cómo la bestia arrojaba el cadáver de su marido, cuya mirada se quedó vacía y extraviada, y se disponía a atacarla a ella.

Ocurrió todo rápidamente. El reptil se irguió y se abalanzó sobre ella. Ambos cayeron al suelo en una lucha encarnizada. La mujer intentó con pies y manos desprenderse del reptil, pero este se había enlazado a su cuerpo como la madreselva al árbol y parecía complacerse en estrangularla simultáneamente por la cintura y el cuello. La joven comprobó que no podía gritar ni moverse. El sudor perló su cuerpo. Espeluznantes estragos de dolor la asaltaron. Sintió terribles aguijonazos de sufrimiento en todo su cuerpo y empezó a temblar espasmódicamente, a ahogarse y súbitamente se quedó sin respiración. Entonces el monstruo procedió a triturarle el pecho, antes de pasar a la siguiente habitación donde dormían profunda y plácidamente los niños.

 

A varios metros más lejos, en el ala oeste de la vivienda, descabezaba la novia de Fuad un sueño para recuperar fuerzas y ánimo antes de proceder a lavar el montón de ropa que la esperaba en el patio y que había previamente mojado en agua y con detergente. Cerró los ojos y pensó en Fuad. En la boda. En la noche del placer y sintió hormigueos placenteros en su entrepierna. Frotó entonces sus pechos con las manos. ¡Dios, el paraíso que la esperaba! Sabía que Fuad era también virgen y por eso estaba loco por ella. Por su cuerpo. “Una vez casados  —le había prometido—,  te poseeré todas las noches”.

La habitación estaba sumida en una semioscuridad que aprovechó la serpiente para deslizarse fugazmente debajo de la única tela que cubría el cuerpo desnudo y ardiente de deseo de la joven. Esta sintió roces y cosquilleos en la parte inferior del vientre. Estiró el brazo y cogió de repente en la mano algo grueso que se puso a dilatar desmesuradamente. Lo soltó disgustada al acto, se puso de cuclillas en la cama y comprendió que aquello que tuvo un instante entre manos era la cabeza de una víbora. Lo comprobó al vislumbrar el curioso y espeluznante dibujo que adornaba la cabeza del reptil que ahora la observaba groseramente. Sintiéndose traicionado, el animal se irguió hasta alcanzar un metro de altura y se lanzó con rapidez fulgurante sobre su presa. La joven sintió calambres en el vientre y abandonó la vieja alfombra, como expulsada por un resorte. Notó que sudaba profusamente y tuvo que frotarse los ojos para aclararse la visión. Cuando los abrió, se encontró cara a cara con dos reptiles. El que acababa de llegar tenía proporciones humanas. Volvió a cerrar los ojos creyendo que era víctima de una alucinación. Pero sintió al mismo tiempo unos colmillos que se hundían en la sien derecha y un cinturón de hierro cerrarse sobre su vientre. Un fuego mortecino estalló en su cerebro e inmovilizó la sangre en sus venas. Su rostro tornó en una máscara cenicienta y se contrajo en un rictus de sufrimiento.

El escalofrío le produjo tiritera, su respiración empezó a entrecortarse, entró en una fase de mareos oníricos, su corazón sufrió nuevos vuelcos, el veneno hizo efecto de forma centelleante, su muñeca izquierda se dobló hacia dentro y quedó rígida, sus pies empezaron a torcérsele y un agudo dolor le recorrió la médula espinal y le paralizó toda la parte inferior.

Un débil gemido logró escapársele de la garganta. Se le desorbitaron los ojos. Cayó exangüe, las piernas separadas, el sexo visible, a la merced de los dos monstruos.

 

Cuando Aisha llegó a la casa de su prima, le sorprendió encontrar aquel absoluto silencio inhabitual. Pero lo entendió todo cuando descubrió al perro, a las vacas y al burro muertos, hinchados y con patas arriba. No obstante, llamó varias veces. Nadie contestó. Aturdida, se acercó al establo y descubrió que todos los animales domésticos yacían inertes en el suelo. Sintió que caía en un abismo de desesperación y echó a correr hacia la habitación de sus tíos. Empujó le puerta, entró sigilosamente y vio los cuerpos, boca abajo. Pensó que dormían.

 

Se arrodilló para sacudirlos y despertarlos. Cuando les dio la vuelta, descubrió con espeluznante terror que sus ojos la escrutaban con absoluta vacuidad y fijeza, como si pidieran socorro. Sintió un vuelco en el pecho y se echó atrás, horrorizada, sin poder contener la orina.

 

Luego su mirada se paralizó.

Al otro lado del patio yacían otros cadáveres. Observó cómo primos y hermanas estaban en la misma macabra posición.

 

Vio entonces como las serpientes abandonaban a sus víctimas, franqueaban el umbral y se dirigían ahora hacia ella, agresivas y hambrientas.

 

Se acurrucó en la esquina de la habitación.

Cerró los ojos y mentalizó las muertes de sus padres y hermanos y comprendió que, después de todo, ella no tenía ninguna razón para seguir viviendo.

 

No merecía la pena luchar.

Abrió un momento los ojos para presenciar su propio fin y…

Vio cómo los reptiles se retiraban, sin más…

                                              

 FIN

AHMED OUBALI

sábado, 12 de mayo de 2012

CITA CON LA MUERTE



CITA   CON    LA   MUERTE

Ahmed Oubali






Se estremeció al pensar en el suicidio. ¡Qué tétrica palabra y qué esperpéntica idea! El acto en sí era demasiado macabro en la realidad. Mas su muerte era diferente de la que describen en las novelas: no llevaba guadaña, atuendo, sombrero negro, ni asa escuálida ni tenía ojos desorbitados. La suya era liberadora, heroica y espumosa, al personificarse en las famosas cascadas de Uzúd, precipicio de más de cien metros de altitud, horrible abismo sin fondo, una verdadera tumba  para ella, donde nadie podrá encontrar jamás a ese cuerpo suyo, martirizado y violentamente violado.

 

Mientras planificaba el itinerario de su último viaje, resucitó en su mente fragmentos desordenados de las “Rimas”, que hizo suyos: Olas gigantescas que os rompéis bramando; ráfagas de huracán que lo arrebatáis todo; nubes de tempestad que rompe el rayo; envuelta en las sábanas de espuma y arrastrada en el torbellino: llevadme con vosotras; llevadme, por piedad, adonde el vértigo me arranque la memoria; tengo miedo de quedarme a solas con mi dolor.

 

La imagen del simpático profesor de literatura le excitó la pupila y casi logró desviarla de su secreto. ¡Qué bien estuvo explicando las razones que, según él,  indujeron a Cervantes, alias Avellaneda,  a escribir el Segundo Quijote!

Cerró los ojos e intentó memorizar la carta de despedida que le tenía escrita. La recibirá dos días después del fatídico acto.

 

 

                “Querido profesor y amigo:

He decidido dar término a mi vida. Sé que es un sacrilegio para un musulmán y pido a Dios misericordia y clemencia. Me dirijo a ti porque no tengo a nadie más en esta vida. Mis padres me obligan a casarme con un emigrante inculto y mayor de edad, con quien no tengo ninguna afinidad. Argumentan que es rico y que ayudará a mis hermanos a emigrar, iniciándoles en el tráfico de los estupefacientes. Viene en agosto para el noviazgo. En cuanto a mi compañero de clase, Bilal, ha cortado conmigo después de abusar de mí. ¡Ya no soy virgen! Ahora sale con la rica heredera Fadwa. Te agradezco tu fructífera instrucción. Perdóname. Quiero desaparecer de este mundo injusto y cruel, donde impera aún la relación amo/esclavo, verdugo/víctima, depredador/presa, donde el ciudadano es vilmente pisoteado por el poder y las mujeres cada vez más humilladas. Diles a las autoridades que soy responsable de mi muerte y que es inútil buscar mi cadáver. Adiós.

                                Marrakech, 12 de mayo de 1990.

                                                        Firdaus Diouri”.

 

 

Una última imagen le invadió dolorosamente la memoria. Están en el aula. Sin volverse, Firdaus sabe que detrás de ella, Bilal tiene prisionera debajo de la mesa la mano izquierda de Fadwa. La está estrujando cariñosamente, como solía bien hacerlo con ella. Pero esta vez está estrujando las múltiples empresas y hectáreas del padre de la niña. Concluye el curso. Salen todos del aula. Ella se queda atrás para echar una última mirada a esa pareja cuya felicidad se hizo en detrimento de su desdicha.

 

Empezaba a amanecer. Se despojó ahora de su pijama, de las bragas y del sujetador para cambiarse. Observó su cuerpo y una amarga sonrisa le torció las comisuras: no había ninguna posible comparación entre su cuerpo y el de Fadwa: cintura estrecha, nalgas redondas, vientre liso, piernas largas y consistentes, pecho firme, con pezones agresivos, melena suave y rostro armonioso. La cintura de Fadwa era casi inexistente, sus piernas escuálidas, sus tetas apenas perceptibles y su pelo, pobre y rizado. En cuanto al rostro, lo tenía en forma de una torta, vulgar y adefesio. Su nariz era chata y sus ojos, apagados. Se maquillaba con exceso para suavizar su fealdad. Y era inculta como una cabra.

 

Retiró de repente sus manos de su pecho que sopesaba con orgullo y experimentó un sentimiento de repulsa y asco por ese cuerpo mancillado y humillado por aquel maldito oportunista cazafortunas. La engañó con promesas falsas y proyectos utópicos. Estaba hechizada y convencida aquella noche en la cama cuando accedió a su propuesta: “Lo hacemos para disuadir la petición de mano de ese viejo y asqueroso traficante de drogas con quien tu padre quiere casarte,  sellando así para siempre, nuestra unión."

Por suerte no la dejó preñada. Cuando más tarde descubrió sus tejemanejes y al ver que su amor se apagaba deshilachándose a beneficio de Fadwa, lloró a moco tendido.

 

Mientras se contemplaba en el espejo recordó súbitamente a  Mounia, su amiga de toda la vida. “¡Qué curioso!  —Recordó—,  tenemos el mismo fin. La pobre se echó al río, después de casada”.

 

Sus padres  —según le contó a Firdaus—  la habían obligado a casarse con un hombre muy rico, también mayor de edad  —ella, 15 años; él, 50—  pero alcohólico. El hombre solía cada noche  amenazarla con un cuchillo de cocina, a golpearla incluso cuando no consentía a mantener relaciones sexuales prohibidas por la religión. Siendo muy violento, a ella no le quedaba más remedio que acceder a satisfacer sus perversiones, contra su voluntad, ante el inmenso y constante temor que sentía cada vez que él llegaba borracho a casa. Durante meses ejerció sobre ella un total sometimiento que al final le infundió asco y odio, sobre todo cuando trajo a su segunda mujer, también menor, a vivir bajo el mismo techo y practicar sexo juntos. El alcohol lo embrutecía y lo dejaba a un paso del manicomio.  Era en ese estado  —subrayó su amiga, dolorida—   cuando se empeñaba en imponerles  sus delirios. Ambas sabían lo que podía llegar a hacerles si desobedecían sus órdenes. El cinturón y el cuchillo eran muy  elocuentes. Halima, su segunda esposa, sumisa y perversa, terminó finalmente aceptando sus guarrerías.

 

Mounia intentó una vez encontrar una solución a esta horrible pesadilla. Lo concertó con Firdaus y con algunos adules. Pero le dijeron que estando casada tenía que someterse ciegamente a la voluntad de su esposo. Que podía denunciar maltratos, sí estos eran concretamente  visibles y palpables, como golpes o heridas. Pero aun así —le explicaron, concluyentes—, ninguna esposa iría a denunciar estos agravios, por vergüenza o temor a represalias.  Incluso en casos de abusos a los menores de ambos sexos, la situación era similar. Y el escándalo y la pesadilla suelen estallar y terminar solo con la muerte de la víctima, por suicidio o crimen.

Una noche, tras abusar él de ellas como de costumbre y caer en un profundo sueño, borracho, Mounia salió de casa para no volver más: se echó al río.

Historias como la de Mounia se  repiten a diario…

 

Firdaus dejó de mirarse en el espejo e intentó olvidar momentáneamente aquella trágica muerte. De nada le servía admirar su cuerpo de Venus y jactarse  de ser "la perla del Atlas", como muchos solían  llamarla…

Se vistió con sus vaqueros claros y su camisa malva. Ordenó sus cosas con parsimonia, cogió El Quijote, donde intercaló la carta de despedida y salió a la calle, rumbo a la vorágine.

 

El turismo empezaba tempranamente por aquellas regiones y no era de extrañar que los jóvenes, sobre todo los estudiantes, hicieran autostop, en vez de tomar el autobús. Resultaba más económico y emocionante.

Firdaus salió del centro de la ciudad ocre con su bullicio del día. Echó una última mirada a la torre de la Kutubia, a los minaretes de la mezquita rodeada de palmeras y naranjos aromáticos. El frescor de la sierra era extraordinario, sobre todo al  escampar. Se puso a la izquierda de la calle del palmeral, por donde se toma la carretera para Beni-Melal.

Apenas levantó el pulgar para parar a algún generoso conductor, cuando un reluciente R21 empezó a aminorar la velocidad y detenerse a su altura. Se inclinó ante la portezuela que le abrió un joven apuesto, de facciones agradables, rubio, bien afeitado y con la mirada penetrante y bondadosa. Tras preguntarle por el destino y obtener una respuesta positiva, la joven subió al coche sin vacilar y se acomodó en el asiento mullido del viajero.

 

—Merci, monsieur.

—Je parle un peu français, mais je suis espagnol  —explicó él con una sonrisa efusiva.

—¡Qué bien! Pues hablemos en español. Soy Firdaus Diouri. Estoy preparando un doctorado en filología hispánica. Trabajo sobre El Quijote.

—Encantado. Me llamo Rodrigo Santander.

—No sé si pasará por Bzou...porque pienso quedarme en Uzúd.

—¡Qué curioso y vaya coincidencia! Yo también pienso visitar de paso ese maravilloso paraje. Llevo vídeo para grabarlo todo. Puedes tutearme…

—Veo que tienes un hijo precioso  —le dijo ella mostrándole unas fotos incrustadas en el cuadro del maletín—; ¿la mujer es tu esposa? Es muy guapa.

—Sí. Murieron ambos en un accidente aéreo el año pasado.

—Lo siento. Es horrible. La vida es injusta.

—Todo puede ocurrirnos en este mundo. Somos mortales y débiles.

—¿No es mejor, entonces, acabar de una vez?  —gimió ella.

—Nunca hay que perder esperanza. Un  túnel siempre tiene una salida.

—¿Incluso cuando uno ha fracasado en todo?

—Sí. Tenemos que luchar hasta lograr lo que nos proponemos, sin arredrarse por nada ni flaquear.

—Admiro tu perseverancia y tenacidad.

 

Un viento gélido le mordía la nuca. Observó la estatuilla que se balanceaba colgada del retrovisor. Era de ámbar negro.

 

En ese momento, el coche inició una difícil y peligrosa curva y el libro donde ella tenía la carta de despedida se escurrió y cayó a sus pies dejando al descubierto el sobre aún abierto pero ya franqueado. Se agachó y lo recogió.

—Lo siento. Veo que lees una novela. ¿Es interesante?

—En ella el autor se propone ridiculizar a Cervantes.

Viendo que él no la entendía, cambió de tema:

— ¿Piensa quedarse mucho en Beni-Melal?

—Tenemos un contrato de dos años con Marruecos para construir viviendas económicas, tras lo cual volveré a mi puesto en Valencia. Hay mucho que hacer: tu país está cambiando vertiginosamente en lo positivo.

—Tuerce ahora a la derecha. Este es nuestro itinerario definitivo.

—¿Lo has recorrido ya?

—A veces. En general suelo tomar la carretera de Casablanca.

Desapareció ahora a sus ojos el ambiente ocre de la ciudad imperial y su bullicio cotidiano. Quedó atrás también el Alto Atlas en cuyas cumbres el astro solar parecía derretir los últimos restos de nieve.

Rodrigo notó una cierta preocupación e indisposición en la joven.

 

“Pese a su belleza deslumbrante, alguna chamusquina la enturbia” —se dijo. Encendió la radio para escuchar las informaciones de las diez. Lo hizo con gesto desenfadado y deportivo. Intentó descongelar la situación crispada. Pero en su fuero interno notó que lo que atormentaba a la joven era mucho más grave. “Hay gato encerrado”  —pensó, mirándola a hurtadillas. Le extrañó que la joven viajara sin equipaje. Le gustaría saber qué enigma encerraba esa carta que recogió ella con estupor en los ojos, dando un respingo, como si temiera que alguien se la quitara.

 

Una música andalusí sucedió al informativo y endulzó el ambiente.

Apareció al mismo tiempo el puente sobre Ued Drar. Firdaus aprovechó esta ocasión para romper el silencio.

—Es uno de los ríos del infierno que, según los habitantes, lo desolaba todo en su arrastre, cosechas, casas y almas. Tuvo que intervenir el propio santo Sidi Rahal, para estabilizar su cauce. Ahora el morabito yace en aquella zauía que ves cerca de la alcazaba que antes era su morada. A la izquierda está el antiquísimo santuario judeo-musulmán, visitado hoy en día por muchos judíos.

—¡Cómo sabes tantas cosas!

—Este trayecto lo he hecho varias veces en ambas direcciones y una termina por saberlo todo. Si quieres te puedo comentar la historia de las tres siguientes ciudades que pronto vamos a cruzar. Si no te aburro.

—En absoluto. Me gusta. Admiro la forma en que lo haces. Además hablas perfectamente mi idioma.

 

Por la ventanilla vieron a algunas mujeres encorvadas lavar ropa sucia, cantando. La frotaban sobre piedras enjabonadas. Al otro lado, vieron a algunas adolescentes quitarse sus zaragüelles para lavarlos. Lo hacían jugando. Se rocían con agua lanzándose mutuas ensalzas. Algunas levantaban sus faldas para mojarse el bajo vientre, dejando al descubierto sus relucientes pantorrillas y nalgas.

Momentos después apareció primero Tazert, famosa por sus múltiples alcazabas y la zauía de los Nazaríes, que Firdaus no dejó de comentar. Luego descubrieron Demnat, ubicada sobre una ladera, a casi cien metros de altitud, encima de un valle fértil. Sus casas en adobe se escalonaban sobre abundantes gradas de olivares irrigados. Por fin, llegaron a Tanant, pequeño centro administrativo, ladeado sobre la cima de un montículo que ofrecía un pintoresco panorama sobre los impresionantes yebeles Ghat y Azurki, de más de cuatro kilómetros de altitud.

—Al otro lado del valle, se elevan los siniestros Tighremt o habitaciones colgantes, provistas de aspilleras.

—Amiga mía, te mereces un buen refresco. Nos paramos un momento a descansar.

 

El joven aparcó el coche y ambos se sentaron a una mesa, donde seguidamente los atendió un camarero corpulento, con un enorme bigote y una sonrisa de oreja a oreja.

—Servimos dos manjares exquisitos: un tayín de carne de cordero aderezado con frutas o verduras y un meshuí con salsa de Las Mil y Una Noches. En cuanto el postre se lo sirvo como sorpresa.

En vez de pedir refresco, Rodrigo se volvió hacia Firdaus:

—Si quieres que te diga la verdad, me muero de hambre, un tayín de carne y ciruelas jugosas no me iría mal, pero me gustaría que me acompañases.

—No. Yo no... No tengo apetito.  —Musitó ella pensando en el suicidio.

—Te lo ruego... Además pareces tan cansada y débil.

—Ya que insistes, opto por el meshuí.

Encargaron el menú al camarero quien asintió con vehemencia y desapareció en la cocina de la cafetería. Poco tiempo después, reapareció, arbolando dos bandejas humeantes, una de ternera aderezada con verduras y otra de pinchitos condimentados.

—Madame, Monsieur  —exclamó teatralmente, pensando que se trataba de una pareja de recién casados—,  que aprovechen. —Luego añadió solícito con su risa desdentada—: Mi ayudante les traerá agua mineral y luego, el postre.

 

Una pareja llegó y se sentó cerca de ellos. El hombre era delgado y vestía una chilaba a rayas y un turbante blanco sobre la cabeza. La mujer que lo acompañaba era más joven que él. Llevaba un haik negro que solo le dejaba el rostro al descubierto. Tenía las pestañas pintadas con khúl y las mejillas y los labios maquillados con exceso. No cesaban de lanzarles miradas inquisitoriales, mientras cuchicheaban en bereber.

—Parecen hablar de nosotros —observó él.

—Sí. Creen que estamos casados y que, por no poder tener hijos, hemos venido aquí igual que ellos, a implorar al santo Sidi Uzmán, enterrado en la zauía que lleva su nombre, para que nos devolviera la fertilidad.

—¿En serio? —preguntó él incrédulo e irónico.

—Sí. No te rías. Ha habido muchos casos de esterilidad resueltos.

—Perdona.

—Los pacientes deben tomar algunas pócimas de mejunje benigno o algo por el estilo. Luego se recitan versículos coránicos.

 

Llegó el camarero y les sirvió el postre. Se componía de té verde, dátiles, cuernos de gacela y pastas con miel, además de la fruta local.

—¡Delicioso! —Exclamó Firdaus.

—Me alegro de que te haya gustado. Es una exquisitez. Y hasta la música me ha gustado, aunque no entiendo ni jota lo que dice.

—Es nuestra música “pop”, llamada “chaabi”. Las voces femeninas son de Hayya  Hamdauia y Cheba Zina, y las masculinas, de Burgone, Lemchaheb y Jil Jilala.

—Pues tendré que aprender marroquí para saborearla mejor.

 

Comieron las golosinas con voracidad y tomaron el té a  sorbitos.

Tras lavarse las manos en los lavabos, Rodrigo pagó la cuenta y ambos abandonaron Tanant, en dirección a Uzúd.

El mismo paisaje empezó de nuevo a extenderse ante sus ojos. La primavera era exuberante y el gorjeo de las perdices sonaba como un cosquilleo.

A Firdaus le agradó el comportamiento ejemplar y caballeroso del español. Su honestidad e integridad la sorprendieron. La última vez que viajó por autostop en dirección contraria, el conductor, tras una amabilidad momentánea, tornó a ser un obseso sexual. Empezó primero con desnudarla con sus miradas lascivas y muy pronto deslizó la mano por su bajo vientre. Por fortuna, llevaba vaqueros, por lo que su mano invasora solo logró estrujarle el pubis. Desesperado, el pobre hombre paró el coche y le pidió, suplicando, hacer cosas que su mujer, dijo, le negaba. Propuso mucho dinero. Hubo casos peores. A una amiga suya, la encontraron abandonada en un descampado, tras ser desflorada y sodomizada. La última víctima que los gendarmes encontraron en el campo violada apenas tenía trece años. También era verdad que a algunos estudiantes de ambos sexos les encanta montarse en los coches de los mayores para satisfacerles sus caprichos desenfrenados, a cambio de algunos bocadillos o dinero porque no llegaban a fin de mes con sus becas.

 

Por suerte, Rodrigo parecía ser un hombre honrado y sin trapicheos. Pero, quién sabe. “Aún no ha terminado el trayecto”  —pensó. Esas miradas profundas que le lanzaba por el rabillo del ojo, acariciándole la generosa sinuosidad de su cuerpo, mostraban sin lugar a dudas que estaba deslumbrado por su belleza. "Se ve que me desea frenéticamente  —pensó ella— y solo espera el momento oportuno para declararse y llevarme al hotel. He de seguir comentándole cosas para despistarle, como hacía Sherezade".

 

De repente sus miradas se cruzaron e intercambiaron una sonrisa cómplice. Mas la conducción exigía concentración. Aun así él seguía devorándola cariñosamente con la mirada. "Sus ojos son de una belleza incomparable  —pensó él—.  No necesita rímel de cepillo para embellecerlos. En cuanto a su cuerpo...".

 

Llegaron a la curva del kilómetro 139 y el hombre torció a la izquierda. Firdaus notó que le quedaba solo media hora para dejar de existir.

Empezó para ella el mecanismo de relojería.

El recorrido era pedregoso e irreal. Por ambos lados de la carretera empezaban a surgir numerosos aduares esporádicos, extraños Tighmerts y gargantas arboladas.

La carretera, antes huidiza, perecía ahora inclinarse hacia un lado, para ofrecer una sucesión extraordinaria de panoramas.

— ¡Ya está! —Exclamó Firdaus, como en un sueño, señalando una explanada llana que desembocaba sobre el Ued Uzúd.

 

Él aparcó el coche, sacó su vídeo y ambos anduvieron un trecho para admirar el paraje. Era dantesco. A más de cien metros de profundidad, las cascadas vertían sus aguas con un ruido atronador. El trayecto delantero del precipicio estaba tapizado de verdes concreciones calcáreas y de plantas trepadoras. El resalto del agua en las rocas provocaba una densa niebla que formaba un arco iris permanente y resplandeciente.

El estruendo de la caída, el borbotón de la lluvia en el fondo, la exuberancia de la vegetación, todo concurría a componer un espectáculo sobrenatural y romántico.

—¡No puedo creerlo —tartamudeó él, arbolando su teleobjetivo—, es órfico y divino! Mira aquellos picos encrespados por donde revolotean los pájaros. Amiga mía, esto es lo mejor que uno puede ver en su vida.

Mientras él seguía esgrimiendo su vídeo, Firdaus  volvió a pensar en los fragmentos de las Rimas, “Olas gigantescas que os rompéis bramando..."

Momentos más tarde, Firdaus se despidió de Rodrigo, estrechándole la mano.

 

El hombre se quedó solo pero fascinado por el ambiente natural, los jardines floridos, la sensación de tranquilidad. “Un lugar muy bonito para ver el anochecer sobre las cataratas” —pensó. Se notaba que era un destino de una fuerte atracción turística y probablemente el lugar preferido para los que celebran su luna de miel.

“Luna de miel. Pero Firdaus ya no está… —susurró tristemente”.

 

Contempló con interés la vista panorámica de las cataratas.

Vio un camino que llevaba hasta donde caían las cascadas.

Pensó un momento bajar hasta el pie del agua.

Se acercó al costado norte de los rápidos.

Vio cómo muchos emprendían la difícil bajada.

 

“¡Por fin sola!” —suspiró con alivio.

Avanzó como en un sueño. Todo le parecía onírico. La gente empezaba a alejarse, unos por ir a rezar, otros para almorzar.

Faltaba un cuarto de hora para llegar al abismo. Un retardado mental orinó contra un árbol y se alejó corriendo. Una mujer se perdía en el horizonte, a lomos de su burro. Una niña desmelenada y con los pechos enhiestos se agachó para orinar. Alaridos bulliciosos de perros copulando. Cotilleos de mujeres. Se agolpaban en su mente las ideas velozmente.

Agudizó su visión. En cada lugar de su memoria había momentos de amor incrustados y sonrisas lacrimógenas. Luego nada.

Firdaus se dirigió al precipicio, decidida.

Diez minutos.

Cinco.

Cuatro.

Dos.

Ya no había nadie para impedirle saltar al vacío. Pronto se apoderó de ella el vahído. Sus pasos no parecían obedecerle, resistieron un momento, como si estuvieran clavados en el suelo.

¡No es fácil matarse! Sintió un sopor en las pantorrillas, pero logró avanzar como un autómata.

Un minuto.

La brisa le invadió ahora el cuerpo. ¿Qué se siente a la hora de morir? Gran alivio por desaparecer de un mundo insoportable.  Preocupación por los pocos seres queridos. Culpabilidad ante Dios por dar fin personalmente a su vida.

 

De pronto, recordó con espanto que no había enviado por correo la carta fatídica: ¡había quedado en el coche de Rodrigo! ¡Pero qué importa ahora la carta!

 

Sus pies despegaron del suelo hacia el vacío del acantilado.

Otro paso y su cuerpo fue, esta vez, absorbido por el abismo, como atrapado en un bocado. La caída era libre y seráfica. Voló en el aire, a la deriva. Su cuerpo adquirió velocidad, en desplome vertiginoso. Sintió frío. Su rostro se puso gélido.

Lo último que su conciencia percibió era una planta trepadora o alguna rama desgarrándole la cadera.

¿0 era una roca?

Curiosamente, no experimentó ni dolor ni asfixia. Nada.

¿Era esto la muerte? ¿Pero dónde había ido el agua? ¿Por qué no estaba empapado su cuerpo?

En el infierno no hay agua ni frescor…

¡Qué importaba ahora todo esto!

 

Tuvo una última alucinación al oír una voz dictándole:

—Firdaus, despiértate ahora…

—¡Pero cómo voy a despertarme si los muertos no se despiertan!

–No. —Le contestó una voz—.  No permitiré que te mates.

 

Poco después, logró abrir los ojos y notó que estaba en el suelo boca arriba y descubrió un rostro... Era Rodrigo, inclinado sobre ella, acercándole un pañuelo perfumado para que recobrara la conciencia.

La multitud seguía aglomerándose alrededor.

—El sobre estaba abierto —empezó él a explicarle—,  leí por suerte tu carta y te perseguí sin perder un minuto. Te cogí por el tobillo  justo cuando te lanzabas al vacío.

—Creí que era una planta trepadora —exclamó, aturdida e incrédula—.  En cuanto a la voz, era la tuya y no la del infierno. Según veo, te debo la vida.

 

—Te mereces una mejor. Es injusto que una mujer como tú se suicide.

—Tenía cita con la muerte y veo que la tengo ahora...  Contigo, Rodrigo. No entiendo…  Explícame, por favor.

 

 

Pero él la besó tiernamente y luego, sin importarle las miradas de asombro y espanto de la muchedumbre, la besó apasionadamente en la boca.

 

                                                FIN 

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