NO ABRAS ESA CAJA
NOTA.
En
este escabroso relato relego la intriga criminal en filigrana para centrarme en
la descripción de la trama del suspense en torno a un objeto, una caja,
protagonista de la trama, cuyo contenido, como se adivina, causará la catástrofe. Un incendio por
explosión necesita cuatro elementos para propagarse: un combustible, un
comburente, una energía de activación o ignición y la reacción en cadena. Es lo
que se llama tetraedro de combustión. A esta fórmula añado un quinto elemento:
el dinero, chispa y detonador del desastre.
El conjunto forma el pentaedro de
la muerte.
…
El
Land Rover salió de Bab Berred, giró a la derecha, crujiendo, y bajó por un
largo camino, en dirección a Ketama, un
pueblo rifeño conocido como epicentro del cultivo mundial de cannabis.
El
conductor vestía un traje gris, frisaba los cincuenta años y tenía modales de
un hombre adinerado con facciones de alguien que pertenece al hampa o que ha
tenido que pasarlas canuta. Observó el paisaje que, con el sol otoñal del
mediodía, parecía una espléndida postal de múltiples colores. Los bosques de
cedros se extendían a pérdida de vista, que el impresionante monte Tidighin,
aún blanco, la mejor estación de ski del país, limitaba al norte. La región es
conocida como refugio de las especies de fauna más exóticas como el macaco, el
chacal, el batracio partero africano, la salamandra álgira, etc. Muchos suelen
además acudir para cazar el jabalí
Algunos
coches de turistas, en busca de disfrutar de los efectos del hachís, lo
adelantaron, emitiendo ensordecedores cláxones. Aminoró la velocidad,
indiferente a la furia humana. A él no le interesaba la marihuana. Su negocio,
la trata de personas, aunque generaba menos ganancias millonarias, no era tan
arriesgado.
Él
no obraba a lo salvaje, como lo suelen hacer las demás mafias, sino de forma
tan sutil e inteligente que se podía hablar de tráfico perfecto de seres
humanos. Lo suyo no era utilizar falsos contratos laborales, matrimonios en
blanco o servirse de la inmigración ilegal, explotada por los transportistas,
funcionarios corruptos y los proxenetas que reclutan a las víctimas en las
playas tras abandonar las pateras.
Su
truco es de los más legales. Constituye el secreto de su impunidad: participar
como empresario agrícola español en los convenios y acuerdos que firman ambos
países vecinos contratando a mujeres obreras para la cosecha de frutas y
legumbres. La demanda española venía aumentando cada año, debido a la falta de
mano de obra autóctona durante el periodo de recogida, sobre todo en Murcia,
Valencia, Cataluña, Aragón, Alicante, Cartagena y La Rioja. El año pasado cerca de 13.000 mujeres, en su
mayoría procedentes del medio rural marroquí de Uxda, Agadir, Mequínez,
Marrakech y Mechra Belksiri, llegaron al país. España facilita el transporte,
el visado, el alojamiento y la atención médica a este colectivo.
La
trata de personas se realiza en este ambiente legal y a la luz del día. Se
selecciona discretamente a las chicas solteras más sanas y guapas y de entre 20
y 35 años. Se les promete un trabajo seguro, agradable y más rentable ya que
triplicarían su salario diario que suele oscilar entre 500 y 700 dírhams.
Las
seleccionadas "desaparecen" algunos días antes de vencer el contrato.
Son secretamente acogidas en furgonetas y trasladadas a lugares sin control
policial. Al principio se les ofrece el trabajo provisional prometido, antes de
introducirlas en la red de prostitución, con severa coacción, amenazas e
incluso rapto forzado y esclavitud sexual en caso de rebeldía.
Total,
un negocio limpio, un crimen perfecto, la obra de un demiurgo.
Un
claxon lo sacó de su ensimismamiento. Maniobró y repasó mentalmente el objetivo
de su itinerario actual: llegar al zoco semanal Ulad Issa, ubicado después de
Bab Bubsi, recoger a Sumaya y volver a Ceuta para tomar el barco de las 20:30
horas.
Evocó
la esbelta silueta de la joven y una profunda sensación de felicidad y triunfo
lo embargó.
Sumaya
lo había cegado literalmente, hacía un año, al parar y recogerla en autostop en
Xauen, donde él tramitaba una importante contratación laboral, y llevarla a
casa. A penas diecinueve años. Y esa sonrisa de Monalisa cambió por completo el
rumbo de su vida. Para alguien cuya esposa padecía el síndrome de Moebius, a la
que tuvo que soportar por su fortuna, aquel encuentro fue providencial y la
felicidad que implicaba no tenía limite.
No
lo pensó dos veces. Decidió de inmediato divorciarse y pedir en matrimonio a
Sumaya, pensando en las varias ventajas que ello ofrecía. Sustituir a Moebius
por Monalisa, obtener residencia en el extranjero para su negocio y aprovechar
el código de la "Chari ‘a" que permite tener varias esposas. Un atajo
para el paraíso. Y nada le había costado, a fin de cuentas. Solo papeleo y
algunos quebrantos mentales por adaptarse a otra cultura. Le hizo gracia
descubrir que los musulmanes pueden casarse con mujeres cristianas o judías,
pero en cambio, las musulmanas no pueden casarse con hombres de otra religión.
Por eso tuvo él que hacerse musulmán. Se sintió extraño al recordar que ya no
se llamaba Pedro Domínguez sino Yusef Ben Yacub. Esbozó una maligna sonrisa al
pensar que el cambio no afectaba en nada sus hábitos y que, al contrario,
favorecía su negocio. Los trámites eran sencillos: inscripción del matrimonio
en el Registro Civil del Consulado, donde le pidieron dos certificados, el de
la "Capacidad Matrimonial” y el de la "Shahada" o testimonio de
fe, expedido por un imam. Luego hubo que superar la entrevista de validez. Como
el matrimonio civil no existe en islam, la pareja se presentó en su debido día
ante los Adules para autentificar el contrato nupcial (Nikah) en presencia de
tres testigos y con la debida documentación exigida. En cuanto a la dote o
"Mahr" a la novia, tenía que ser estipulada en el contrato y
comprobada por los adules mismos que, al ver el regalo, abrieron los ojos como
platos: además del anillo de compromiso, había varios pendientes, un cinturón
de oro y diferentes joyas de gran valor.
Unas
estridentes sirenas interrumpieron el flujo de su memoria y tuvo buenos
reflejos para reaccionar debidamente. Cedió el paso a una ambulancia en una
peligrosa intersección, girando a la derecha, embistiendo el arcén. Tuvo que
frenar para evitar caer al barranco. "Ajuste de cuentas", pensó. En
la región de Ketama los traficantes y los falsos guías suelen declarase guerra
sin tregua e incluso entre kificultores los tiroteos son moneda corriente.
Le
habían desaconsejado desde el principio viajar solo por la comarca y le
recomendaron, en caso necesario, transitar por la Carretera Nacional 2,
evitando el uso de caminos secundarios escarpados que algunos
"cannábicos" o turistas que alquilan casa llaman "el culo del
mundo" o “laberinto sin salida”.
Reanudó
el trayecto y en poco tiempo vislumbró Bab Bubsi, a lo lejos.
Sintió
mucha compasión por la joven al conocer a su familia. Una hermana menor, un
primo huérfano y una niña subsahariana, acogida. “Somos los supervivientes”, le
había explicado, dolorida, entre gestos y jerga hispanorifeña.
Sus
tres hermanos murieron por ajuste de cuentas por droga. Su padre falleció de
tuberculosis, después de seis años de detención.
De
un humilde agricultor pasó a ser muy rico gracias al negocio del hachís.
Ayudado
por sus hijos, se había especializado en la plantación, cosecha, elaboración y
venta de la marihuana. La empresa se agrandó. Llegó hasta tener veinte personas
trabajando bajo su mando. Lograban en ocasiones producir hasta cien kilos al
día, a 15.000 dírhams el kilo.
Hasta
que un día detuvieron al intermediario, con su furgoneta llena de paquetes
plastificados.
Como
en todas partes, hay en esta región policías íntegros y villanos y entre estos
los hay tan chorizos como los de Chicago. Pidieron su comisión al viejo pero no
les fue concedida, por temor a futuros chantajes. Y aquello colmó el vaso. El
intermediario tuvo que delatar a toda la familia, bajo tortura. Al padre le cayeron seis años.
La
celebración de la boda fue digna de un cuento miliunanochesco. Como ella vivía
en Izran, un pueblo montañoso y empinado, cuyo tránsito solo se hace a pie o a
lomo de mula, él tuvo que alquilar un edificio de tres plantas en el centro
mismo de Ketama. Insistió en que todos los vecinos del aduar fueran invitados.
Se distribuyeron, además de comida, mucho dinero a los necesitados. La fiesta
duró tres días. La primera noche fue un festejo exclusivo para las mujeres que
se ocuparon de la novia (Hammam, henna y vestidos diversos); la segunda, se
invitó a familiares y amigos y el tercer día fue dedicado a los novios: la toma
de fotos, el desfile de la novia entrando al salón en una carroza llevada por
cuatro hombres, acompañada por música, la aparición exótica del novio en su
chilaba blanca y el inicio de la gran comilona. En cuanto a la consumación del
matrimonio, Yusef Ben Yacub prefirió saborearla en el famoso hotel Mamounia de
Marrakech. La luna de miel duró una semana. Un verdadero cuento de hadas. Le
hubiera gustado prolongar la estancia si no fuera por una llamada intempestiva
que le recordó que tenía que volver urgentemente a Málaga: acababan de detener
al tercer proxeneta, delatado por sus propias víctimas. Se trataba de cinco
mujeres que ejercían sin problemas la prostitución en un lujoso hotel hasta que
fueron contratadas por algunos de sus
clientes a realizar el mismo oficio pero con ganancias astronómicas.
Aceptaron la oferta, gustosas y se evadieron del hotel. El proxeneta las
persiguió. Hubo tiroteo entre él y la banda. La Guardia Civil intervino y
detuvo a ambos bandos.
Le
tocaba entonces a él actuar rápido. Tomar el toro por las astas, soltando
pasta, para borrar cualquier pista posible que pudiera asociarle con la trama
criminal. Y fue lo que hizo. Él no era de los que tiran la toalla. Lo
subsanó todo con éxito. Y el asunto quedó viento en popa.
Ahora
volvía para llevarse a Sumaya.
Ulad
Issa, una aldea habitualmente solitaria, estaba muy animada. La carretera
separaba el lugar en dos espacios. El mercado ambulante se extendía a la
izquierda, en torno a una vieja mezquita y un Hammam y al otro lado, una tienda
de comestibles, un café, un restaurante y una vetusta gasolinera. Yusef Ben
Yacub aparcó junto al café y se sentó a una mesa en la terraza, después de hacer
un pedido. Como no había parasoles, se puso su sombrero kaki, tipo Indiana
Jones, de fieltro de lana que se había comprado en Egipto. Los edificios eran
destartalados y deslucidos, color ocre y de una sola planta. Muchos traficantes
de cannabis y sus clientes preferían acudir al lugar para sellar acuerdos.
Había ya varios coches y camiones. En cuanto a los turistas, muchos paraban
para repostar y comer un bocado, antes de continuar para Alhucemas o Fez,
visitar las granjas de los "verdes" cultivos o asistir al famoso
festival de Ketama que algunos fumadores empedernidos aprovechan para
experimentar lo que ellos llaman el "trance psicodélico”. Los camareros
del restaurante, con sus barbacoas ya encendidas, empezaron a asar carne
picada, costillas de cordero y salchichas, provocando llamaradas y columnas de humo en la estancia,
cuyo rico y suculento aroma invitaba irresistiblemente a saciar el hambre de
muchos. Y no faltaba la canción bereber, cuya música emitía un tocadiscos
automático, con la inconfundible voz de Aluch Duduh, entonando en tarifit:
"Mi ingrata amada", una canción desgarradora donde el poeta se
lamenta por la infidelidad de su amante.
Un
joven de aspecto andrógeno, sonrisa porcina y mirada cáustica, barba rubia en
el mentón y una cerilla en la boca, se acercó a Yusef al que tomó por un
potencial comprador y dijo en voz baja:
—¡Salam,
hermano! —exclamó con esquivez, guiñando un ojo— ¿quiere viajar al
paraíso? —preguntó, manoseando algo en
el bolsillo de su pantalón.
El
aludido meneó la cabeza y el mafioso fue
a parar a otra mesa, orientado por la señal que una mujer de mediana edad le
hacía, llevándose los dedos índice y corazón a la boca, gesto que indicaba su
inminente deseo de drogarse. El corpulento sirviente llegó con el zumo de naranjas
y lo depositó junto a Yusef. Este pagó
la nota y miró el reloj. La una de la tarde. Dentro de poco llegaría Sumaya.
Echó
un vistazo a su alrededor. La mesa de la derecha la ocupaban tres camioneros
que visiblemente estaban comprando la "bola" al mafioso, después de
que lo hiciera la mujer de mediana edad; a su izquierda había una pareja de
turistas franceses pulcramente vestidos
-chaqueta rosa, ella; él, chaqueta azul marino- y desde la mesa de atrás le llegaron retazos
de conversación en español.
Miró
de soslayo, para curiosear. Ella tenía un rostro curtido y ovalado, frente
amplia. Era de estatura mediana, vestía traje violeta y su aspecto expresaba
intensa preocupación. Él, en cambio, tenía el rostro redondo y astuto, la
mandíbula más ancha que los pómulos. Hablaban aparentemente de la
"compra" de un "bebé". Según el giro de la conversación, Yusef
dedujo que no eran traficantes de niños ni se dedicaban a la pornografía
infantil. Uno de ellos era estéril, según pudo entender Yusef.
—Cariño,
la comadrona está de nuestro lado
—convino la mujer con voz consoladora—,
pero ¿y el médico que firmará el certificado de parto?
—La
madre biológica lo tiene también comprado
—contestó el hombre, precavidamente—. Él mismo se encargará de la
sustitución.
—El
tener que esperar en el quirófano contiguo a que para la mujer y se realice
"el traspaso" me da vértigo
—sollozó ella con aire contrito.
—Ten
paciencia, querida, todo saldrá bien —la
reconfortó él con intensa insistencia—.
La venta por Internet nos ha asegurado el anonimato. Y tu presencia
mañana en la clínica será de corta duración En pocos días volaremos a Madrid
con "nuestro" hijo. Sin ser vistos ni conocidos.
Yusef
perdió el hilo de la conversación porque en ese momento llegó un hombre a su
altura, depositó una caja blanca de zapatos en la mesa y desapareció como por
arte de magia. Yusef contempló la caja un momento, perplejo, sin comprender.
Luego se levantó precipitadamente en busca del individuo misterioso pero de
nada le sirvió. Volvió a sentarse. ¡Alguien le regalaba zapatos! Pero él no
conocía a nadie, salvo la pequeña familia de Sumaya. Tenía que tratarse de una ridícula
equivocación. Lo habrían confundido con otra persona. Pero en caso
contrario... Al menos que... No. No podía ser. Él tenía enemigos pero no
en aquella miserable aldea donde era un total desconocido. Atentados
terroristas por medio de explosivos eran moneda corriente por doquier. ¿Le
habrían seguido hasta ese remoto lugar para acabar con su vida? Clavó de nuevo
la mirada en la caja, intentando vislumbrar un tic tac de bomba de relojería.
El objeto le parecía ahora adquirir enormes dimensiones. Un escalofrío le
recorrió la médula espinal y pensó en echar a correr. Con toda tranquilidad
paseó primero la mirada a su alrededor y
comprendió, aterrado, que algunos se habían percatado de su turbación. Desvió
la mirada para ocultar su miedo a los demás. Pero de nada le sirvió. Advirtió
que muchos lo observaban de refilón, como si fuera un malhechor. Algunos
miraban el paquete con la boca y los ojos abiertos de par en par, como si este
contuviera algo espantoso.
Una
fuerza innominada lo inmovilizó de pies a cabeza y sintió que estaba pisando
una mina sin poder levantar el pie para evitar la explosión fatídica que
fragmentaría su cuerpo en mil pedazos. Había seguramente varias cargas de
dinamita. Su respiración empezó a hacerse agitada y rápida. Tragó saliva pero
notó que su boca estaba seca, su cuerpo contraído y los músculos se tensaron
hasta tal punto que le impidieron moverse del sitio y darse a la fuga, como en
caso de una parálisis temporal. Recordó la reciente matanza en Madrid,
provocada por un acto terrorista y donde murieron más de trescientas personas,
sin contar a los heridos. Ahora él estaba sobre una bomba a punto de estallar.
Alocado, miró de nuevo la caja y un sudor frío le perló la frente, luego el
rostro, como resultado del exceso de adrenalina. Notó acelerársele el pulso y
oprimírsele el tórax. Su corazón latía con tanta fuerza que producía el mismo
ruido que un tiroteo. Se encorvó un momento, como si quisiera hacerse invisible
y desaparecer. Luego se enderezó, como para pedir auxilio y salvarse de las
garras de la muerte.
Pero
notó que sus piernas estaban convertidas en plomo y a la vez en pura gelatina.
Gruñó desabridamente. Profirió leves gemidos, como un hombre que acaba de ser
operado y despierta de la anestesia.
Entonces
ocurrió algo inesperado. Una respuesta a su plegaria. Un desquite a su agravio.
Sumaya en persona, con su maleta de viaje, esbozando su inconfundible sonrisa
de Monalisa. La aparición de la joven sorprendió a todos por su resplandeciente
belleza. Todos se olvidaron entonces de la caja para escudriñar a la joven:
ojos hondos y azules. Oscuras y tiznadas pestañas. El cabello, amarillo como
trigo, le caía abundantemente sobre las hombreras de su verde chilaba. Un
pañuelo blanco al cuello la transformaba en flor exótica. Su boca carnosa, con
unos labios sedientos, listos para el loco y exquisito beso, estaba sutilmente
delineada y perfilada con algún mágico labial.
Yusef
se levantó como movido por un resorte, sorprendido por ver superada su
parálisis, y ambos se abrazaron. Ella, preocupada un momento por el aspecto
espectral del hombre, miró luego el paquete de zapatos y, creyendo que era su
regalo, alargó la mano para abrirlo.
—¡No! —gritó el hombre, horripilado, deteniéndole
la mano—. No abras esa caja.
¡Escapémonos antes de que sea demasiado tarde!
La
asió del brazo con una mano y con la otra, cogió la maleta y al correr a
trompicones, volcaron la mesa. La caja cabrioló un momento en el aire y, al
desprenderse la tapa, expulsó una enorme
cantidad de billetes de 200 dírhams que, por soplar bruscamente un viento
imprevisto, remolinearon en el espacio, antes de esparcirse por todas partes.
La
escena de los billetes volando en el aire atrajo de inmediato la atención a la
vez de los turistas, los comerciantes, los dos asistentes que repostaban
gasolina en los vehículos y también de los conductores quienes, debido a lo
insólito de la escena, salieron de sus coches sin apagar los motores.
Entonces
muchos se precipitaron, intentando atrapar uno o varios billetes. Hubo como una
estampida entre animales.
Los
dos asistentes se apresuraron, como movidos por la fiebre del oro, olvidándose
de las mangueras de los surtidores insertas en el interior de los depósitos de
combustible que muy pronto se llenaron y desbordaron.
Nadie
se percató del derrame de la gasolina que empezó a salpicar el suelo y
serpentear cuesta abajo.
Los
que iban a la mezquita para la oración cambiaron de idea y retrocedieron para
rescatar su parte. A un turista le
arrebataron un fajo de billetes y se inició una pelea. El agresor, el mafioso
vendedor de hachís, agitó el puño y lo descargó en el rostro del turista,
dándole acto seguido una patada en el vientre. El hombre tosió y cayó al suelo,
soltando el fajo.
Uno
de los asistentes se echó sobre el mafioso y lo golpeó en la cara. El aludido
lanzó un alarido y, a su vez, cedió el dinero. Dos camioneros forcejearon con
furia, propinándose patadas. El más desfavorecido sacó entonces una navaja y se
la clavó en el cuello a su contrincante, quien chilló como una bestia, luego se
encogió gimiendo y quedó inerte.
Las
peleas entre campesinos eran más encarnizadas y terminaron todas por ser
sangrientas. Hubo estrangulamientos, roturas y desgarros. Las parejas española
y francesa, Yusef y Sumaya, fueron atropellados por la multitud e intentaron
alejarse a rastras.
Un
conductor, que se había quedado anonadado ante la surrealista situación, soltó
bruscamente su cigarrillo cuya extremidad incandescente le estaba quemando los
dedos. Este cayó al suelo a pocos centímetros del chorro de gasolina que fluía
abundantemente y, en un abrir y cerrar de ojos, se produjo la chispa de
ignición. Las llamas, fulgurantes, se dispararon en dirección de los dos
surtidores que explosionaron en el acto y saltaron por los aires, provocando un
gran incendio.
La
deflagración acabó alcanzando a las bombonas de gas encendidas de los comercios
cercanos, causando otras tremendas explosiones.
La
propagación del incendio por ventanas, conducciones de aire, huecos, servicios
y escaleras alcanzó en un abrir y cerrar de ojos todas las instalaciones
colindantes,
La
gente corría, alocada, para salvar su pellejo, en vano. Los cuerpos fueron
despedidos en los aires, despedazados y calcinados.
Los
rústicos edificios ya descritos, incluida la gasolinera, fueron tragados por
las llamas y los escombros despedidos, hormigón y restos de coches, cayeron
sobre el mercado, dejando la aldea en cenizas. Algunos conductores ardieron,
tras quedarse atascados en sus coches, por estar bloqueada la estrecha
carretera de la salida.
Por
extrañas razones, los cuerpos de las dos parejas, junto con los de Yusef y su
mujer, quedaron grotescamente "fosilizados", como unas espeluznantes
momias ennegrecidas.
La
sequía y el viento hicieron que las llamas viajaran con loca velocidad hacia
las viviendas lejanas. El fuego, como una fiera hambrienta, se expandió por el
campo, arrasando y dejando en hoguera todo el espacio a la redonda.
EPÍLOGO
A
varios kilómetros de aquel infierno, un hombre, que llevaba un sombrero kaki,
tipo Indiana Jones, de fieltro de lana y frisaba los cincuenta años, logró por
fin detener una furgoneta de reparto de legumbres, después de llevar bastante
tiempo haciendo autostop.
—Gracias por parar, señor. Se me ha averiado
el coche y por ello temo haber perdido la cita.
—¿Con algún médico? —inquirió el viejo
campesino—, nada grave, espero.
—No. Tenía que recoger una caja de zapatos a
la una y ahora son casi las dos.
—¡Hombre! ¡Preocuparse por un par de zapatos!
—ironizó el aldeano, en tono amistoso, luego cambió de tema, mirando alarmado
al horizonte—: y esas enormes nubes negras que se ciernen sobre Ulad Issa,
tiene pinta de un terrible incendio.
—Parece
apocalíptico —gimió el hombre del sombrero kaki, la mirada extraviada, pensando
en la segunda entrega de dinero que le correspondía por un traspaso de
marihuana.
FIN
Por
Ahmed Oubali