sábado, 27 de abril de 2019

CRÍTICA LITERARIA Y PARANOIA



                      


CRÍTICA LITERARIA Y PARANOIA







             Según la definición de la Real Academia Española (RAE), la literatura es el «arte de la expresión verbal» (entendiéndose como verbal aquello «que se refiere a la palabra, o se sirve de ella») y, por lo tanto, abarca tanto textos escritos (literatura escrita) como hablados o cantados (literatura oral). Así, la obra literaria, como cualquier otra obra de arte, está hecha para que los oyentes o lectores disfruten con ella porque la literatura busca ante todo el placer estético, su finalidad principal. 

          Las obras literarias se pueden estudiar, como tales, desde varias perspectivas (social, histórica, política, formalista, estilística, psicoanalítica, etc.). Así, en los tres primeros casos, el crítico realiza una labor científica al comparar contextos y corrientes, al interrogar ideologías o archivar documentos para futuros estudios. Es el trabajo del sociólogo, del historiador y de cualquier crítico literario que pretende fomentar la investigación académica. En los demás casos, se trata de valorar el contenido y la forma de la obra, su especifidad discursiva, estética y simbólica. El estudio que aquí se realiza es inmanente a la obra. Ahora bien, en ambos casos, la obra literaria es definida como un objeto artístico, una invención autónoma cuya finalidad es, en el primer caso, el progreso de los estudios literarios y, en el segundo, el entretenimiento y la evasión, primordiales ambos para eludir el lado insoportable de la vida. Porque el mundo del que habla la literatura es puramente textual, de papel y si "refleja" para algunos la realidad, lo hará como lo hace el sueño con esta. 

                  Ficción y realidad no son conmutables: los conceptos, por ejemplos, de otredad, hibridación, inmigración, violencia de género, etc., remiten a la realidad en un estudio sociológico o una crónica periodística y al sueño puro, en una novela. En el primer caso, un disparo te puede matar, un perro te puede morder y hasta puedes vivir el mejor de los idilios o la peor de las tragedias; en el segundo, nada ha de preocuparte porque todo está en papel, el disparo, el perro y hasta la bella mujer con quien deseas acostarte. 

             Así, buscar un puente fronterizo entre realidad y literatura es adentrarse a pies juntillas en la paranoia, donde el crítico "se disfraza" de sociólogo o de historiador para demostrar, devanándose los sesos y haciendo de abogado del diablo, que la narración en una novela o un poema representa la realidad, por transmitir un mensaje moralizador o un compromiso social y político... y no quiero evocar el extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. 

            Por el bien de la literatura y su longevidad -por cierto, muy amenazada por las nuevas tecnologías- es aconsejable devolver al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios...

sábado, 20 de abril de 2019

AMOR AÉREO





AMOR   AÉREO




Hacía una mañana lúgubre y oscura. El avión rugió sobre la pista del aeropuerto de Barajas, despegó con un fuerte zumbido y ascendió oblicuamente hacia el cielo con destino a Marrakech.

 Los viajeros desabrocharon sus cinturones para ponerse cómodos. Una joven que cubría su cabello con un pañuelo con monedas de oro que le caían sobre la frente, pidió disculpas para cambiar de sitio a un joven que aceptó afablemente. Le explicó que estar pegada a la ventanilla le producía vértigo y ambos se rieron del incidente y se dejaron caer sobre los respaldos cerrando un momento los ojos para descansar.

 Ella era alta, delgada, cutis de maniquí pero sin cosméticos, cuerpo fino y cimbreante. Vestía ropa gris y rosa que le caía formando pliegues hasta los pies. Llevaba un brazalete con incrustaciones de brillantes en su muñeca izquierda y su aspecto general denotaba educación y opulencia. Él era de ojos castaños, pelo negro como el azabache. Iba también bien ataviado y era suave en sus modales. En el asiento delantero, una mujer se puso a cambiar de posición al niño que no cesaba de llorar; lo puso en su regazo y, para acallarlo, tiró de la cremallera de su chilaba, sacó el seno izquierdo y acercó al bebé para que mamara. Su compañero de asiento, un hombro corpulento, con un grotesco bigote y pelo rizo, se quedó furtivamente mirando de reojo al seno erecto y opulento de la joven madre, sin pestañear. En el lado contiguo, a la derecha, otra mujer se arrellanó cómodamente en su asiento, desplegó el diario La Mañana y se enfrascó en su lectura, sin notar que el hombre sentado a su derecha la escudriñaba discretamente, impresionado visiblemente por los encantos con que la naturaleza obsequiaba magnánima y generosamente a ciertas criaturas femeninas. Era una mujer bellísima, de formas esculturales, rubia, de ojos azules y labios carmíneos. Llevaba cabello recogido en un gran moño en la nuca. Vestía una atrevida creación en azul marino y blanco que le daba un aspecto distinguido.

Ella parecía muy preocupada y tenía el ceño fruncido. El hombre miró los titulares del periódico y comprendió la preocupación de la joven: " Una mujer recién casada castra a su novio y se suicida"; "Una joven seropositiva logra contaminar a varias personas, por venganza". Desplegó su propio periódico y notó que aquellos títulos eran casos aislados y sensacionalistas, destinados a un público específico. Se interesó por la página de política nacional y no pudo contener su emoción: tras una larga e ingrata sequía, la situación volvía a su curso normal, con un rebrote general de la vegetación y el abastecimiento oportuno en recursos hidráulicos. En cuanto a los labradores e inversores extranjeros todos manifestaban su euforia y confianza en el porvenir.

Un fuerte codazo sacudió al hombre y le hizo volver la mirada hacia su compañera de asiento, quien se apresuró a disculparse:

 —Lo siento  dijo con voz suplicante, me disponía a abrir el bolso para sacar caramelos cuando, debido a la sacudida del avión, le di a usted este golpe sin querer.


No se preocupe, son cosas que ocurren le sonrió él, tranquilizándola.

¿quiere un caramelo?  invitó  ella con acaloramiento.

—Sí. Gracias aceptó el hombre, llevándose la golosina a la boca, mm, muy delicioso.

Son de chocolate con anís dijo ella, orgullosa, luego agregó: me llamo Aurora Gómez y soy periodista.

Encantado. Yo soy Adel Sekal. Acabo de terminar mi carrera de ingeniero de minas y vuelvo a casa definitivamente.

 Miró al joven y, por primera vez, pudo recrearse en su contemplación, estudiándole a su antojo. Era también alto y de formas esculturales; pero moreno, de ojos castaños, cabellos y cejas de un negro profundo. Tenía también un aspecto pulcro y distinguido.

¿Cómo se dice en árabe dialectal "perdone" y "Gracias"? —curioseó ella.

"Smahli" y "Shukran".

—Pues le digo Smahli por lo del codazo y Shukran por su indulgencia.

Estupendo. Lo pronuncia muy bien.

¿Otro caramelo?

 Adel aceptó gustoso, engulló el bombón y preguntó:

¿Va usted en misión o de vacaciones?

Ambas cosas, para serle franca. Me han elogiado mucho su país y pienso descubrirlo por mi cuenta.

Si quiere, tendré mucho placer en ayudarle a visitar mi ciudad natal.

Muy agradecida. Supongo que necesitaremos mucho tiempo.

Por lo menos una semana para ver lo esencial.

 Una azafata morena y sonriente se acercó e interrumpió su conversación, obsequiándoles con un suculento almuerzo con refrigerios.

 La joven del brazalete y su compañero, que habían ya alcanzado una intima amistad, zamparon el pollo con arroz e insatisfechos, sacaron dos desbordantes bocadillos de sus bolsos de plástico y los engulleron también. El hombre del grosero bigote, que no dejaba de escudriñar a la joven y embelesada madre, se dejó finalmente guiar por su impulso e invitó a su compañera a compartir con él unos deliciosos pasteles madrileños, como postre. La joven aceptó, mientras un vivo rubor se extendía por sus mejillas que pronto empezaron a irradiar múltiples colores. Hasta sus orejitas se sonrojaron, cuando su compañero le dijo que no entendía cómo una bellísima criatura como ella viajaba sola.

 Cuando hubieron terminado de almorzar, les proyectaron una película que resultó ser de violencia. Aurora se disculpó para echarse un momento y Adel hizo lo mismo. La joven cerró los ojos y la imagen de Pedro irrumpió en su mente. Recordó que empezaron a reñir tras el divorcio de los padres de ella. El joven empezó a distanciarse, luego a evitarla. Finalmente se separaron sin más. Al borde de una depresión nerviosa, fue a consultar a un psiquiatra que le aconsejó cambiar de vida viajando y descubriendo otros horizontes. "Viajar es morir un poco", pensó. Sus ojos, aunque cerrados, no pudieron detener dos grandes lágrimas que brotaron y resbalaron por sus mejillas.

 En aquel preciso instante, por cambiar el avión de trayectoria, los viajeros se sacudieron y Adel se irguió en su asiento, miró a Aurora y descubrió que sus ojos estaban humedecidos.

 —Si puedo hacer cualquier cosa le ofreció, solícito, entregándole una toalla desechable.

Lo siento contestó con voz apagada, recordé cosas amargas de mi vida.

A veces es bueno llorar para borrar cosas.

Las mujeres somos tan sensibles y débiles...

Usted tiene todo para ser feliz: juventud, belleza, salud, carrera, inteligencia…

Alguien me abandonó cuando más necesitaba yo su ayuda... creí que me quería.

¡Qué curioso! exclamó él, arqueando las cejas, a mí también me ocurrió lo mismo.

¿Qué le pasó exactamente?

Una historia banal y ordinaria. Me enamoré de una española que estudiaba conmigo y cuando pensamos casarnos últimamente, su familia se opuso categóricamente a nuestra unión. Ella tuvo que elegir y prefirió a sus padres.

Por incompatibilidad cultural, supongo.

Sí. Rechazó la idea de venirse a vivir conmigo.

¡Qué barbaridad! La pobre no sabe que Marruecos ha evolucionado bastante durante estos últimos años y que es la mezcla de culturas que hasta ahora ha permitido que las civilizaciones progresen y se enriquezcan...

Según comprendí, sus padres se mostraron opuestos al matrimonio mixto.

¿Y qué tiene de malo un matrimonio mixto? ¿Acaso en los demás matrimonios no hay divorcios, dramas y tragedias? No entiendo cómo puede una religión, una cultura o una nacionalidad separar a dos personas que se quieren de verdad.

Aurora, le agradezco que me haya devuelto la confianza en la gente y en mí.

¿Qué le parece si brindamos por los matrimonios mixtos? dijo ella, sacando una botella de zumo de melocotones y dos cubilotes.

Buena idea.

 En el asiento contiguo, el joven del pelo azabache y la bella del brazalete parecían absortos y sumidos en una conversación interesante. Ella hablaba con voz dulce y acariciadora. Él escuchaba con radiante júbilo. Súbitamente se abrazaron y besaron con ardor. En el asiento delantero, la joven madre y su compañero mantenían también una conversación entretenida y enternecida. Sus miradas eran ansiosas, solícitas y lánguidas. Aurora y Adel veían que las dos parejas se comportaban como viejos enamorados. El hombre tenía al bebé en sus brazos y la madre le tarareaba en voz baja una canción de cuna para que se durmiera.

-Según los pocos fragmentos de conversación que he podido captar, aclaró Adel, la joven madre acaba de divorciarse y vuelve a casa de sus padres. Su compañero le propone casarse con ella y ocuparse del niño. En cuanto a la otra pareja, acaban de comprometerse individualmente y lo harán oficialmente cuando lleguen a Marrakech.

—¡Dios mío! exclamó Aurora, atónita—, con qué facilidad se cruzan ciertas vidas. ¡Qué fácil es hallar aquí la felicidad! ¿Suele ocurrir así en su cultura o es pura magia del cielo en que volamos?

Ambas cosas. Idilio aéreo y encanto bereber musitó él enigmáticamente, luego agregó, cambiando de tema—: ¿qué le gustaría hacer mañana, para empezar?

¡Uy! Muchas cosas. Y antes que nada, un baño cultural: comer platos vuestros, beberme ese té delicioso con hierbabuena, pintarme los ojos con khul, tatuarme las manos y los pies con hena, comprarme estatuillas, vestirme con traje bereber y viajar por el sur profundo. En esto consiste mi reportaje etnográfico     

¡Vaya programa! Tendré que avisar a mis hermanas para que la ayuden...

¿Cree que al final me será posible aprender unas palabra en bereber?

Por supuesto apoyó él.

Quisiera que me aclarara unos puntos. Es que me hago todo un lío: sois a la vez marroquíes, bereberes, árabes, musulmanes, moros, magrebíes...

No es difícil. Los árabes (habitantes de Arabia Saudita), tras convertirse al Islam, conquistan e islamizan a Marruecos (palabra calcada sobre "Marrakech" y que significa "occidente"), antes inicialmente habitado por Imazighan (que significa "hombres libres") llamados "bereberes" por el invasor, a semejanza de los Griegos y romanos que llamaron " bárbaros" a sus protegidos. En cuanto a "moros", es una palabra que nos viene de nuestros vecinos mauros o Mauritanos con quienes tuvimos antiguamente lazos históricos, sin más. Por fin, la palabra " magrebí" es un adjetivo de "Magreb" (occidente también) pero región que abarca a los tres países que ya conoce.

¿Cómo entró el Islam en el país?

Difícilmente, tras setenta años de una lucha encarnecida. Anteriormente el país se judaizó y cristianizó sin problemas. Somos un país tolerante, pues hay iglesias y sinagogas también…

¿Y en cuanto al idioma bereber?

Tenemos tres dialectos muy diferentes.

Bueno, tomaré notas a su debido tiempo. A ver, cómo se dice "yo quiero beber agua" en rifeño, es sólo para escuchar los sonidos.

Nash Jsagh adaswagh aman.

¡Qué melódico, pero difícil! Supongo que existe una gramática sistemática.

Claro. La transcripción original se ha perdido, pero ahora se intenta recuperarla. Antiguamente el idioma se transcribía en púnico, luego en latín, en romano y ahora, indiferentemente en cualquier lengua internacional.

         El avión empezó súbitamente a perder altitud y los viajeros pudieron paulatinamente vislumbrar las primeras palmeras, el color rojizo del relieve y la vegetación propia a la ciudad eterna. Aurora se inclinó hacia la derecha, deshizo su moño y echó la cabeza atrás. Sacó del bolso un pequeño espejo y se retocó los labios, pintados ligeramente de rosa. Luego sacó un perfumador y se aplicó unas gotitas detrás de las orejas. Percibió por el rabillo del ojo que Adel la estaba desnudando con la mirada.

        Su cabellera rubia exhaló una fragancia embriagadora que no dejó indiferente al hombre. Una sensación de felicidad pareció reflejarse en sus facciones que no escapó a la mirada aguda de la pareja que ocupaba el asiento contiguo. Los dos jóvenes le lanzaron una sonrisa cómplice. Por su parte, Aurora intentaba analizar sus confusos sentimientos.

         Curioso destino el suyo. Se creía desgraciada. Pensó que viajar era olvidar desdichas y morirse un poco. Creyó que nunca encontraría la felicidad. Sintió de repente una profunda sensación de triunfo. Había huido de aquella tenebrosa historia, de aquella insoportable niebla… para encontrarse con la luz…

 Comprendió que el hombre que la acompañaba ahora la atraía irresistiblemente. La embargó súbitamente una sensación de euforia nunca experimentada antes. Sintió que debía besarle. Tenía que hacerlo. En su movimiento, dejó caer deliberadamente el capullo de rosa, que tenía en el ojal de la solapa, sobre las rodillas de Adel. Éste se agachó, aún aturdido por la fragancia de la joven, para recoger la rosa, aspiró su aroma y al erguirse sus rostros se rozaron, como ella había imaginado.

         —Adel, yo…

         La besó. Le correspondió ella, entregándose cuerpo y alma.

        —¡Contigo ahora todo es mágico!  susurró él, luego miró por la ventanilla y añadió—: ya llegamos. Bienvenida a tu nueva casa


FIN

AHMED   OUABLI

sábado, 16 de marzo de 2019

DISTORSIÓN DEL TIEMPO.




DISTORSIÓN  DEL TIEMPO

SINOPSIS
Todos tenemos fobias y comportamientos neuróticos. Pero ¿qué ocurre cuando descubres que tu neurosis no es sino una metáfora de un asesinato perpetrado en tu infancia? Una metáfora de tu propia orfandad… En Distorsión del tiempo, Nadia es víctima de cromatofobia durante mucho tiempo pero encuentra su equilibrio personal al conocer a un joven psicoanalista que, mediante el hipnotismo, logra desterrar un pasado macabro escenario de un crimen perfecto.
(El título del relato implica que éste esté en presente de indicativo)

En audio:


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En texto:

domingo, 17 de febrero de 2019

NO ABRAS ESA CAJA






NO    ABRAS     ESA     CAJA




NOTA.

En este escabroso relato relego la intriga criminal en filigrana para centrarme en la descripción de la trama del suspense en torno a un objeto, una caja, protagonista de la trama, cuyo contenido, como se adivina,  causará la catástrofe. Un incendio por explosión necesita cuatro elementos para propagarse: un combustible, un comburente, una energía de activación o ignición y la reacción en cadena. Es lo que se llama tetraedro de combustión. A esta fórmula añado un quinto elemento: el dinero, chispa y detonador del desastre.  El conjunto forma el  pentaedro de la muerte.

 

 

El Land Rover salió de Bab Berred, giró a la derecha, crujiendo, y bajó por un largo  camino, en dirección a Ketama, un pueblo rifeño conocido como epicentro del cultivo mundial de cannabis.

El conductor vestía un traje gris, frisaba los cincuenta años y tenía modales de un hombre adinerado con facciones de alguien que pertenece al hampa o que ha tenido que pasarlas canuta. Observó el paisaje que, con el sol otoñal del mediodía, parecía una espléndida postal de múltiples colores. Los bosques de cedros se extendían a pérdida de vista, que el impresionante monte Tidighin, aún blanco, la mejor estación de ski del país, limitaba al norte. La región es conocida como refugio de las especies de fauna más exóticas como el macaco, el chacal, el batracio partero africano, la salamandra álgira, etc. Muchos suelen además acudir para cazar el jabalí

 

Algunos coches de turistas, en busca de disfrutar de los efectos del hachís, lo adelantaron, emitiendo ensordecedores cláxones. Aminoró la velocidad, indiferente a la furia humana. A él no le interesaba la marihuana. Su negocio, la trata de personas, aunque generaba menos ganancias millonarias, no era tan arriesgado.

 

Él no obraba a lo salvaje, como lo suelen hacer las demás mafias, sino de forma tan sutil e inteligente que se podía hablar de tráfico perfecto de seres humanos. Lo suyo no era utilizar falsos contratos laborales, matrimonios en blanco o servirse de la inmigración ilegal, explotada por los transportistas, funcionarios corruptos y los proxenetas que reclutan a las víctimas en las playas tras abandonar las pateras.

 

Su truco es de los más legales. Constituye el secreto de su impunidad: participar como empresario agrícola español en los convenios y acuerdos que firman ambos países vecinos contratando a mujeres obreras para la cosecha de frutas y legumbres. La demanda española venía aumentando cada año, debido a la falta de mano de obra autóctona durante el periodo de recogida, sobre todo en Murcia, Valencia, Cataluña, Aragón, Alicante, Cartagena y La Rioja.  El año pasado cerca de 13.000 mujeres, en su mayoría procedentes del medio rural marroquí de Uxda, Agadir, Mequínez, Marrakech y Mechra Belksiri, llegaron al país. España facilita el transporte, el visado, el alojamiento y la atención médica a este colectivo.

 

La trata de personas se realiza en este ambiente legal y a la luz del día. Se selecciona discretamente a las chicas solteras más sanas y guapas y de entre 20 y 35 años. Se les promete un trabajo seguro, agradable y más rentable ya que triplicarían su salario diario que suele oscilar entre 500 y 700 dírhams.

Las seleccionadas "desaparecen" algunos días antes de vencer el contrato. Son secretamente acogidas en furgonetas y trasladadas a lugares sin control policial. Al principio se les ofrece el trabajo provisional prometido, antes de introducirlas en la red de prostitución, con severa coacción, amenazas e incluso rapto forzado y esclavitud sexual en caso de rebeldía.

Total, un negocio limpio, un crimen perfecto, la obra de un demiurgo.

 

Un claxon lo sacó de su ensimismamiento. Maniobró y repasó mentalmente el objetivo de su itinerario actual: llegar al zoco semanal Ulad Issa, ubicado después de Bab Bubsi, recoger a Sumaya y volver a Ceuta para tomar el barco de las 20:30 horas.

 

Evocó la esbelta silueta de la joven y una profunda sensación de felicidad y triunfo lo embargó.

Sumaya lo había cegado literalmente, hacía un año, al parar y recogerla en autostop en Xauen, donde él tramitaba una importante contratación laboral, y llevarla a casa. A penas diecinueve años. Y esa sonrisa de Monalisa cambió por completo el rumbo de su vida. Para alguien cuya esposa padecía el síndrome de Moebius, a la que tuvo que soportar por su fortuna, aquel encuentro fue providencial y la felicidad que implicaba no tenía limite.

No lo pensó dos veces. Decidió de inmediato divorciarse y pedir en matrimonio a Sumaya, pensando en las varias ventajas que ello ofrecía. Sustituir a Moebius por Monalisa, obtener residencia en el extranjero para su negocio y aprovechar el código de la "Chari ‘a" que permite tener varias esposas. Un atajo para el paraíso. Y nada le había costado, a fin de cuentas. Solo papeleo y algunos quebrantos mentales por adaptarse a otra cultura. Le hizo gracia descubrir que los musulmanes pueden casarse con mujeres cristianas o judías, pero en cambio, las musulmanas no pueden casarse con hombres de otra religión. Por eso tuvo él que hacerse musulmán. Se sintió extraño al recordar que ya no se llamaba Pedro Domínguez sino Yusef Ben Yacub. Esbozó una maligna sonrisa al pensar que el cambio no afectaba en nada sus hábitos y que, al contrario, favorecía su negocio. Los trámites eran sencillos: inscripción del matrimonio en el Registro Civil del Consulado, donde le pidieron dos certificados, el de la "Capacidad Matrimonial” y el de la "Shahada" o testimonio de fe, expedido por un imam. Luego hubo que superar la entrevista de validez. Como el matrimonio civil no existe en islam, la pareja se presentó en su debido día ante los Adules para autentificar el contrato nupcial (Nikah) en presencia de tres testigos y con la debida documentación exigida. En cuanto a la dote o "Mahr" a la novia, tenía que ser estipulada en el contrato y comprobada por los adules mismos que, al ver el regalo, abrieron los ojos como platos: además del anillo de compromiso, había varios pendientes, un cinturón de oro y diferentes joyas de gran valor.

 

Unas estridentes sirenas interrumpieron el flujo de su memoria y tuvo buenos reflejos para reaccionar debidamente. Cedió el paso a una ambulancia en una peligrosa intersección, girando a la derecha, embistiendo el arcén. Tuvo que frenar para evitar caer al barranco. "Ajuste de cuentas", pensó. En la región de Ketama los traficantes y los falsos guías suelen declarase guerra sin tregua e incluso entre kificultores los tiroteos son moneda corriente. 

Le habían desaconsejado desde el principio viajar solo por la comarca y le recomendaron, en caso necesario, transitar por la Carretera Nacional 2, evitando el uso de caminos secundarios escarpados que algunos "cannábicos" o turistas que alquilan casa llaman "el culo del mundo" o “laberinto sin salida”.

 

Reanudó el trayecto y en poco tiempo vislumbró Bab Bubsi, a lo lejos.

Sintió mucha compasión por la joven al conocer a su familia. Una hermana menor, un primo huérfano y una niña subsahariana, acogida. “Somos los supervivientes”, le había explicado, dolorida, entre gestos y jerga hispanorifeña.

Sus tres hermanos murieron por ajuste de cuentas por droga. Su padre falleció de tuberculosis, después de seis años de detención.

De un humilde agricultor pasó a ser muy rico gracias al negocio del hachís.

Ayudado por sus hijos, se había especializado en la plantación, cosecha, elaboración y venta de la marihuana. La empresa se agrandó. Llegó hasta tener veinte personas trabajando bajo su mando. Lograban en ocasiones producir hasta cien kilos al día, a 15.000 dírhams el kilo.

Hasta que un día detuvieron al intermediario, con su furgoneta llena de paquetes plastificados.

Como en todas partes, hay en esta región policías íntegros y villanos y entre estos los hay tan chorizos como los de Chicago. Pidieron su comisión al viejo pero no les fue concedida, por temor a futuros chantajes. Y aquello colmó el vaso. El intermediario tuvo que delatar a toda la familia, bajo tortura.  Al padre le cayeron seis años. 

 

La celebración de la boda fue digna de un cuento miliunanochesco. Como ella vivía en Izran, un pueblo montañoso y empinado, cuyo tránsito solo se hace a pie o a lomo de mula, él tuvo que alquilar un edificio de tres plantas en el centro mismo de Ketama. Insistió en que todos los vecinos del aduar fueran invitados. Se distribuyeron, además de comida, mucho dinero a los necesitados. La fiesta duró tres días. La primera noche fue un festejo exclusivo para las mujeres que se ocuparon de la novia (Hammam, henna y vestidos diversos); la segunda, se invitó a familiares y amigos y el tercer día fue dedicado a los novios: la toma de fotos, el desfile de la novia entrando al salón en una carroza llevada por cuatro hombres, acompañada por música, la aparición exótica del novio en su chilaba blanca y el inicio de la gran comilona. En cuanto a la consumación del matrimonio, Yusef Ben Yacub prefirió saborearla en el famoso hotel Mamounia de Marrakech. La luna de miel duró una semana. Un verdadero cuento de hadas. Le hubiera gustado prolongar la estancia si no fuera por una llamada intempestiva que le recordó que tenía que volver urgentemente a Málaga: acababan de detener al tercer proxeneta, delatado por sus propias víctimas. Se trataba de cinco mujeres que ejercían sin problemas la prostitución en un lujoso hotel hasta que fueron contratadas por algunos de sus  clientes a realizar el mismo oficio pero con ganancias astronómicas. Aceptaron la oferta, gustosas y se evadieron del hotel. El proxeneta las persiguió. Hubo tiroteo entre él y la banda. La Guardia Civil intervino y detuvo a ambos bandos.

Le tocaba entonces a él actuar rápido. Tomar el toro por las astas, soltando pasta, para borrar cualquier pista posible que pudiera asociarle con la trama criminal.  Y fue lo que hizo.  Él no era de los que tiran la toalla. Lo subsanó todo con éxito. Y el asunto quedó viento en popa.

Ahora volvía para llevarse a Sumaya.

 

Ulad Issa, una aldea habitualmente solitaria, estaba muy animada. La carretera separaba el lugar en dos espacios. El mercado ambulante se extendía a la izquierda, en torno a una vieja mezquita y un Hammam y al otro lado, una tienda de comestibles, un café, un restaurante y una vetusta gasolinera. Yusef Ben Yacub aparcó junto al café y se sentó a una mesa en la terraza, después de hacer un pedido. Como no había parasoles, se puso su sombrero kaki, tipo Indiana Jones, de fieltro de lana que se había comprado en Egipto. Los edificios eran destartalados y deslucidos, color ocre y de una sola planta. Muchos traficantes de cannabis y sus clientes preferían acudir al lugar para sellar acuerdos. Había ya varios coches y camiones. En cuanto a los turistas, muchos paraban para repostar y comer un bocado, antes de continuar para Alhucemas o Fez, visitar las granjas de los "verdes" cultivos o asistir al famoso festival de Ketama que algunos fumadores empedernidos aprovechan para experimentar lo que ellos llaman el "trance psicodélico”. Los camareros del restaurante, con sus barbacoas ya encendidas, empezaron a asar carne picada, costillas de cordero y salchichas, provocando  llamaradas y columnas de humo en la estancia, cuyo rico y suculento aroma invitaba irresistiblemente a saciar el hambre de muchos. Y no faltaba la canción bereber, cuya música emitía un tocadiscos automático, con la inconfundible voz de Aluch Duduh, entonando en tarifit: "Mi ingrata amada", una canción desgarradora donde el poeta se lamenta por la infidelidad de su amante.

 

Un joven de aspecto andrógeno, sonrisa porcina y mirada cáustica, barba rubia en el mentón y una cerilla en la boca, se acercó a Yusef al que tomó por un potencial comprador y dijo en voz baja:

 

—¡Salam, hermano! —exclamó con esquivez, guiñando un ojo— ¿quiere viajar al paraíso?  —preguntó, manoseando algo en el bolsillo de su pantalón.

 

El aludido meneó la cabeza y el mafioso  fue a parar a otra mesa, orientado por la señal que una mujer de mediana edad le hacía, llevándose los dedos índice y corazón a la boca, gesto que indicaba su inminente deseo de drogarse. El corpulento sirviente llegó con el zumo de naranjas y lo depositó junto a Yusef. Este  pagó la nota y miró el reloj. La una de la tarde. Dentro de poco llegaría Sumaya.

 

Echó un vistazo a su alrededor. La mesa de la derecha la ocupaban tres camioneros que visiblemente estaban comprando la "bola" al mafioso, después de que lo hiciera la mujer de mediana edad; a su izquierda había una pareja de turistas franceses pulcramente vestidos  -chaqueta rosa, ella; él, chaqueta azul marino-  y desde la mesa de atrás le llegaron retazos de conversación en español.

Miró de soslayo, para curiosear. Ella tenía un rostro curtido y ovalado, frente amplia. Era de estatura mediana, vestía traje violeta y su aspecto expresaba intensa preocupación. Él, en cambio, tenía el rostro redondo y astuto, la mandíbula más ancha que los pómulos. Hablaban aparentemente de la "compra" de un "bebé". Según el giro de la conversación, Yusef dedujo que no eran traficantes de niños ni se dedicaban a la pornografía infantil. Uno de ellos era estéril, según pudo entender Yusef.

 

—Cariño, la comadrona está de nuestro lado  —convino la mujer con voz consoladora—,  pero ¿y el médico que firmará el certificado de parto?

—La madre biológica lo tiene también comprado  —contestó el hombre, precavidamente—. Él mismo se encargará de la sustitución.

—El tener que esperar en el quirófano contiguo a que para la mujer y se realice "el traspaso" me da vértigo  —sollozó ella con aire contrito.

—Ten paciencia, querida, todo saldrá bien  —la reconfortó él con intensa insistencia—.  La venta por Internet nos ha asegurado el anonimato. Y tu presencia mañana en la clínica será de corta duración En pocos días volaremos a Madrid con "nuestro" hijo. Sin ser vistos ni conocidos.

 

Yusef perdió el hilo de la conversación porque en ese momento llegó un hombre a su altura, depositó una caja blanca de zapatos en la mesa y desapareció como por arte de magia. Yusef contempló la caja un momento, perplejo, sin comprender. Luego se levantó precipitadamente en busca del individuo misterioso pero de nada le sirvió. Volvió a sentarse. ¡Alguien le regalaba zapatos! Pero él no conocía a nadie, salvo la pequeña familia de Sumaya. Tenía que tratarse de una ridícula equivocación. Lo habrían confundido con otra persona. Pero en caso contrario...  Al menos que...  No. No podía ser. Él tenía enemigos pero no en aquella miserable aldea donde era un total desconocido. Atentados terroristas por medio de explosivos eran moneda corriente por doquier. ¿Le habrían seguido hasta ese remoto lugar para acabar con su vida? Clavó de nuevo la mirada en la caja, intentando vislumbrar un tic tac de bomba de relojería. El objeto le parecía ahora adquirir enormes dimensiones. Un escalofrío le recorrió la médula espinal y pensó en echar a correr. Con toda tranquilidad paseó  primero la mirada a su alrededor y comprendió, aterrado, que algunos se habían percatado de su turbación. Desvió la mirada para ocultar su miedo a los demás. Pero de nada le sirvió. Advirtió que muchos lo observaban de refilón, como si fuera un malhechor. Algunos miraban el paquete con la boca y los ojos abiertos de par en par, como si este contuviera algo espantoso.

 

Una fuerza innominada lo inmovilizó de pies a cabeza y sintió que estaba pisando una mina sin poder levantar el pie para evitar la explosión fatídica que fragmentaría su cuerpo en mil pedazos. Había seguramente varias cargas de dinamita. Su respiración empezó a hacerse agitada y rápida. Tragó saliva pero notó que su boca estaba seca, su cuerpo contraído y los músculos se tensaron hasta tal punto que le impidieron moverse del sitio y darse a la fuga, como en caso de una parálisis temporal. Recordó la reciente matanza en Madrid, provocada por un acto terrorista y donde murieron más de trescientas personas, sin contar a los heridos. Ahora él estaba sobre una bomba a punto de estallar. Alocado, miró de nuevo la caja y un sudor frío le perló la frente, luego el rostro, como resultado del exceso de adrenalina. Notó acelerársele el pulso y oprimírsele el tórax. Su corazón latía con tanta fuerza que producía el mismo ruido que un tiroteo. Se encorvó un momento, como si quisiera hacerse invisible y desaparecer. Luego se enderezó, como para pedir auxilio y salvarse de las garras de la muerte.

Pero notó que sus piernas estaban convertidas en plomo y a la vez en pura gelatina. Gruñó desabridamente. Profirió leves gemidos, como un hombre que acaba de ser operado y despierta de la anestesia.

 

Entonces ocurrió algo inesperado. Una respuesta a su plegaria. Un desquite a su agravio. Sumaya en persona, con su maleta de viaje, esbozando su inconfundible sonrisa de Monalisa. La aparición de la joven sorprendió a todos por su resplandeciente belleza. Todos se olvidaron entonces de la caja para escudriñar a la joven: ojos hondos y azules. Oscuras y tiznadas pestañas. El cabello, amarillo como trigo, le caía abundantemente sobre las hombreras de su verde chilaba. Un pañuelo blanco al cuello la transformaba en flor exótica. Su boca carnosa, con unos labios sedientos, listos para el loco y exquisito beso, estaba sutilmente delineada y perfilada con algún mágico labial.

 

Yusef se levantó como movido por un resorte, sorprendido por ver superada su parálisis, y ambos se abrazaron. Ella, preocupada un momento por el aspecto espectral del hombre, miró luego el paquete de zapatos y, creyendo que era su regalo, alargó la mano para abrirlo.

 

—¡No!  —gritó el hombre, horripilado, deteniéndole la mano—. No abras esa caja.  ¡Escapémonos antes de que sea demasiado tarde!

 

La asió del brazo con una mano y con la otra, cogió la maleta y al correr a trompicones, volcaron la mesa. La caja cabrioló un momento en el aire y, al desprenderse  la tapa, expulsó una enorme cantidad de billetes de 200 dírhams que, por soplar bruscamente un viento imprevisto, remolinearon en el espacio, antes de esparcirse por todas partes.

 

La escena de los billetes volando en el aire atrajo de inmediato la atención a la vez de los turistas, los comerciantes, los dos asistentes que repostaban gasolina en los vehículos y también de los conductores quienes, debido a lo insólito de la escena, salieron de sus coches sin apagar los motores.

 

Entonces muchos se precipitaron, intentando atrapar uno o varios billetes. Hubo como una estampida entre animales.

Los dos asistentes se apresuraron, como movidos por la fiebre del oro, olvidándose de las mangueras de los surtidores insertas en el interior de los depósitos de combustible que muy pronto se llenaron y desbordaron.

Nadie se percató del derrame de la gasolina que empezó a salpicar el suelo y serpentear cuesta abajo.

 

Los que iban a la mezquita para la oración cambiaron de idea y retrocedieron para rescatar su parte.  A un turista le arrebataron un fajo de billetes y se inició una pelea. El agresor, el mafioso vendedor de hachís, agitó el puño y lo descargó en el rostro del turista, dándole acto seguido una patada en el vientre. El hombre tosió y cayó al suelo, soltando el fajo.

Uno de los asistentes se echó sobre el mafioso y lo golpeó en la cara. El aludido lanzó un alarido y, a su vez, cedió el dinero. Dos camioneros forcejearon con furia, propinándose patadas. El más desfavorecido sacó entonces una navaja y se la clavó en el cuello a su contrincante, quien chilló como una bestia, luego se encogió gimiendo y quedó inerte.

Las peleas entre campesinos eran más encarnizadas y terminaron todas por ser sangrientas. Hubo estrangulamientos, roturas y desgarros. Las parejas española y francesa, Yusef y Sumaya, fueron atropellados por la multitud e intentaron alejarse a rastras.

 

Un conductor, que se había quedado anonadado ante la surrealista situación, soltó bruscamente su cigarrillo cuya extremidad incandescente le estaba quemando los dedos. Este cayó al suelo a pocos centímetros del chorro de gasolina que fluía abundantemente y, en un abrir y cerrar de ojos, se produjo la chispa de ignición. Las llamas, fulgurantes, se dispararon en dirección de los dos surtidores que explosionaron en el acto y saltaron por los aires, provocando un gran incendio.

 

La deflagración acabó alcanzando a las bombonas de gas encendidas de los comercios cercanos, causando otras tremendas explosiones.

La propagación del incendio por ventanas, conducciones de aire, huecos, servicios y escaleras alcanzó en un abrir y cerrar de ojos todas las instalaciones colindantes,

La gente corría, alocada, para salvar su pellejo, en vano. Los cuerpos fueron despedidos en los aires, despedazados y calcinados.

Los rústicos edificios ya descritos, incluida la gasolinera, fueron tragados por las llamas y los escombros despedidos, hormigón y restos de coches, cayeron sobre el mercado, dejando la aldea en cenizas. Algunos conductores ardieron, tras quedarse atascados en sus coches, por estar bloqueada la estrecha carretera de la salida.

 

Por extrañas razones, los cuerpos de las dos parejas, junto con los de Yusef y su mujer, quedaron grotescamente "fosilizados", como unas espeluznantes momias ennegrecidas.

 

La sequía y el viento hicieron que las llamas viajaran con loca velocidad hacia las viviendas lejanas. El fuego, como una fiera hambrienta, se expandió por el campo, arrasando y dejando en hoguera todo el espacio a la redonda.

 

 

EPÍLOGO

A varios kilómetros de aquel infierno, un hombre, que llevaba un sombrero kaki, tipo Indiana Jones, de fieltro de lana y frisaba los cincuenta años, logró por fin detener una furgoneta de reparto de legumbres, después de llevar bastante tiempo haciendo autostop.

 

 —Gracias por parar, señor. Se me ha averiado el coche y por ello temo haber perdido la cita.

 —¿Con algún médico? —inquirió el viejo campesino—, nada grave, espero.

 —No. Tenía que recoger una caja de zapatos a la una y ahora son casi las dos.

 —¡Hombre! ¡Preocuparse por un par de zapatos! —ironizó el aldeano, en tono amistoso, luego cambió de tema, mirando alarmado al horizonte—: y esas enormes nubes negras que se ciernen sobre Ulad Issa, tiene pinta de un terrible incendio.

—Parece apocalíptico —gimió el hombre del sombrero kaki, la mirada extraviada, pensando en la segunda entrega de dinero que le correspondía por un traspaso de marihuana.


FIN

 Por Ahmed Oubali

 

 

 

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